Curso exprés: de aficionado a conocedor del vino en 5 pasos
Por: Laura Conde, periodista
No hace falta estudiar enología ni memorizar denominaciones de origen para empezar a entender de vinos. Tampoco hay que preocuparse por no estar a la altura: igual que disfrutamos de un queso, un café o un aceite de oliva sin necesidad de conocer todos sus matices, con el vino debería ocurrir lo mismo.
Lo importante es que nos guste. A partir de ahí, unas cuantas nociones básicas nos pueden ayudar a saber qué estamos bebiendo y a elegir mejor. Pero sin agobios: no se trata de acumular datos porque sí ni de aprobar ningún examen, ya que el vino está, ante todo, para disfrutarlo. Estos cinco pasos pueden ser un buen punto de partida.
1. Aprender a distinguir los principales tipos de vino
A grandes rasgos, podemos distinguir entre vinos blancos, rosados, tintos, espumosos y dulces. Esta clasificación es solo el punto de partida, porque dentro de cada grupo encontramos estilos diferentes. Entre los blancos, por ejemplo, hay vinos jóvenes, ligeros y frescos, generalmente sin crianza en madera, y otros fermentados o criados en barrica, que pueden presentar más cuerpo y aromas de tostados, vainilla o frutos secos.
En los tintos podemos diferenciar entre vinos jóvenes, en los que suelen predominar los aromas de fruta, y otros con crianza, que pueden desarrollar notas especiadas, tostadas y una mayor complejidad. Los rosados también ofrecen distintos perfiles, desde los más ligeros, frescos y de color pálido hasta otros con más cuerpo y aromas de fruta roja.
Por su parte, los espumosos también presentan diferencias según su elaboración: algunos, como el cava, realizan una segunda fermentación en botella; otros, como la mayoría de los proseccos, la llevan a cabo en depósitos presurizados. En cuanto a los dulces, existen distintos métodos para elaborarlos, desde usar uvas sobremaduradas o pasificadas hasta recurrir a la congelación natural de la uva o interrumpir la fermentación para conservar parte de sus azúcares.
Con estas nociones será más fácil enfrentarse a una carta de vinos o entrar en una tienda sin perderse y, lo más importante, detectar qué nos gusta e investigar en esa línea. Conviene recordar que ni un vino con crianza es necesariamente mejor que uno joven ni un vino más caro tiene por qué gustarnos más.
Brindis con copas de vino tinto
2. Conocer las variedades de uva más habituales
La variedad de uva es una de las primeras pistas para entender el carácter de un vino. Entre las blancas, por ejemplo, la sauvignon blanc suele ofrecer aromas herbáceos y cítricos y una acidez marcada, mientras que la chardonnay es especialmente versátil: puede dar vinos frescos y ligeros, pero también blancos con cuerpo cuando se crían en barrica. La albariño, característica de las Rías Baixas, destaca por su frescura y acidez, mientras que en el Penedès la variedad por excelencia es la xarel·lo, que puede dar blancos frescos, con buena acidez y cierta estructura.
Si hablamos de tintas, la garnacha suele dar vinos afrutados, con notas de fruta roja y una graduación alcohólica que puede ser elevada en climas cálidos. La tempranillo, muy extendida en regiones como Rioja y Ribera del Duero, ofrece aromas de fruta roja y negra y se adapta bien a la crianza en barrica. Por su parte, la cabernet sauvignon se caracteriza por sus taninos firmes y su estructura.
¿Cómo aprender a distinguirlas? Probando vinos elaborados con distintas variedades de uva. Por ejemplo, comparar un albariño como Pazo das Bruxas con un chardonnay como Milmanda, ambos de Familia Torres, permite comprobar hasta qué punto dos blancos pueden ser distintos. También se puede hacer el ejercicio con tintos de diferentes variedades, prestando atención a la fruta, la acidez, el cuerpo y los taninos.
Eso sí, conviene tener presente que la uva no lo explica todo: el clima, el suelo, el momento de la vendimia y las decisiones de elaboración también influyen en el resultado.
Variedad chardonnay, propiedad de Familia Torres
3. Aprender a catar sin complicaciones
Para catar un vino basta con seguir tres pasos: observar, oler y probar. Para ello, conviene utilizar una copa transparente, con una abertura algo más estrecha que el cuerpo para concentrar los aromas.
Primero, la vista. Hay que inclinar ligeramente la copa sobre un fondo blanco y observar el color, la intensidad y los matices. Un blanco joven puede presentar tonos amarillo pálido o verdosos, mientras que con la evolución suelen aparecer tonalidades doradas. En los tintos, los colores violáceos son habituales en vinos jóvenes, mientras que los matices teja o anaranjados pueden indicar una mayor evolución.
Después llega la nariz. Lo primero es oler el vino sin mover la copa y, a continuación, agitarla suavemente para favorecer la liberación de aromas. Podemos encontrar recuerdos de frutas, flores, hierbas o especias, pero también notas de vainilla, tostados o frutos secos, que en algunos vinos están relacionadas con la crianza. No hace falta acertar si un aroma recuerda exactamente a una mora o a una ciruela: basta con distinguir si predominan las notas frutales, florales, vegetales o las asociadas a la madera. Lo demás viene solo.
Por último, la boca. Conviene tomar un pequeño sorbo y prestar atención a varias sensaciones. La acidez provoca salivación y aporta frescura; el dulzor se percibe por la presencia de azúcares residuales; los taninos, especialmente perceptibles en los tintos, producen una sensación de sequedad o astringencia en las encías y la lengua. También interesa valorar el cuerpo, es decir, la sensación de volumen o peso que deja el vino en la boca, y la persistencia, que es el tiempo durante el cual permanecen sus sabores después de tragarlo o escupirlo.
Un vino equilibrado es aquel en el que la acidez, el alcohol, los taninos y el resto de sus componentes mantienen una relación armoniosa, aunque algunos de ellos puedan destacar especialmente. Y, por supuesto, una cosa es valorar técnicamente un vino y otra que nos guste: ambas no tienen por qué coincidir.
Probando Clos Ancestral Tinto de Familia Torres.
4. Saber leer la etiqueta
La etiqueta contiene más información de la que parece. La denominación de origen informa sobre la procedencia y las normas de producción que cumple el vino. La añada señala el año en que se vendimió la uva, mientras que la graduación alcohólica puede aportar pistas sobre su estilo.
Conviene también perder el miedo a preguntar. En una tienda especializada, explicar qué tipo de vino nos gusta, para qué ocasión se necesita y cuál es el presupuesto suele ser más útil que escoger una botella por su precio o por una etiqueta atractiva.
Observando la etiqueta de Perpetual, un vino tinto de Familia Torres.
5. Probar, comparar y recordar
Este es, sin duda, el paso más importante. El conocimiento del vino se adquiere catando. Una buena idea para empezar es organizar pequeñas catas entre amigos, preferiblemente sin conocer de antemano qué vino hay en cada copa. Así es más fácil concentrarse en las sensaciones y evitar que el precio, la marca o la fama condicionen la percepción.
También ayuda tomar unas notas sencillas: qué vino era, qué aromas se han identificado, cómo resultaba en boca y, sobre todo, si ha gustado y por qué. Con el tiempo, esas observaciones permiten reconocer estilos y elegir con mayor seguridad.
Una última recomendación: no hay que obsesionarse con acertar. El vino tiene una parte técnica que se puede aprender, pero también una dimensión subjetiva. Entender de vino no consiste en utilizar palabras complicadas, soltar largas peroratas o identificar siempre el aroma que describe la ficha de cata, sino en disponer de herramientas para comprender mejor lo que se está bebiendo.