FAMILIA TORRES: EPISODIOS DE UNA VIDA (III)

Maldita guerra…

Las vicisitudes no cesan. Y en esta ocasión llegan a pares. Un doble desafío del que, perderlo todo o salir airosos, dependía de un muchacho sobre los hombros del cual descansaba el presente y futuro de la bodega familiar. Miguel Torres Carbó (1909-1991).


 

De nuevo, la agitación convulsa surgida de un nuevo contexto socio-político sometía a la Familia Torres a un nuevo desafío que obligaba a la bodega a reinventarse. Un revés de aciago belicismo que, para colmo de males, vino precedido de la muerte de Juan Torres.

 

Miguel Torres Carbó: ¿Demasiado joven para dirigir?

La sensación generalizada tras la muerte de Juan Torres era de desazón e incertidumbre ante la ausencia de una figura directiva que lo había sido todo. Las dudas sobre el joven Miguel, sin experiencia comercial, parecían razonables.


 

Pero la figura de Josefa Carbó trascendió el papel de matriarca para erigirse como piedra angular y sólidos cimientos sobre el que mantenerse a flote. Una mujer culta y determinada, que supondría un apoyo vital para su hijo Miguel, ante un oscuro sendero que tendría que recorrer…


 

Con veinticinco años, y las carreras de química y farmacia, el joven Miguel se pone al frente de la bodega, donde suple su falta de experiencia con un minucioso estudio de todo lo relacionado con la elaboración y crianza del vino, lo que denotaba la absoluta determinación de nuestro personaje a revertir el devenir de la bodega… y el suyo propio. Una determinación que restará inherente en el ADN de la Familia Torres.


 

Guerra…

La guerra civil hace acto de presencia. La aviación italiana, aliada del bando franquista, bombardea diversas poblaciones catalanas. Vilafranca es una de ellas. El objetivo: el principal punto de suministros y la principal vía de transporte que hacen llegar armas y víveres al frente: la estación de tren.

Estado de la bodega después de los bombardeos, durante la guerra civil (Vilafranca del Penedès)

 

 

Una bomba cae. Luego otra. Y otra. La bomba señalada se desvía unos pocos metros… De repente, la historia, el legado y todos los esfuerzos de tres generaciones quedan sepultados entre escombros, fuego y ríos de vino que tiñen las calles de rojo sangre en una metáfora tan poética como terrible. Todo, es ahora nada.


 

"Pero basta de lamentarse". Se imagina a Miguel Torres Carbó ante los escombros. "No puedo desfallecer. No ahora. No yo“. Dicho y hecho. Miguel terminó de reconstruir la bodega en menos de un año mientras, en paralelo, emprendió un viaje comercial a Cuba, Venezuela, México, Estados Unidos y Canadá, donde prestó especial interés en el funcionamiento de esos mercados y sus características.

 

Miguel Torres Carbó, en el puerto de Barcelona.

 

En 1941 vuelve a Barcelona con trabajo realizado a sus espaldas: Ha abierto delegaciones comerciales en Estados Unidos, donde en 1944 las ventas superaron el millón de pesetas.


 

Con esta determinación, Miguel Torres Carbó consolidó primero y expandió después, con la ayuda de aliados y colaboradores, la etapa de mayor crecimiento de la bodega de la Familia Torres. Vinos tranquilos, generosos, licores, vermuts y brandies salían a diario desde el puerto de Barcelona con la novedad de ir embotellados. Una revolución que determinó una nueva manera de entender la elaboración del vino, una suerte de protofilosofía comercial basada en la relación origen-calidad, tan inevitable en nuestros días.

 

Miguel Torres Carbó en el viñedo junto a su coche, aún conservado en el museo de la Familia, y donde siempre llevaba una botella de vino para dar a conocer.

 

 

Los clásicos atemporales que hoy conoce el mundo entero son el inestimable legado de Miguel Torres Carbó. El hombre que abrió al mundo la puerta del buen nombre de los vinos de nuestra tierra.

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