La secreta vida de la procesionaria
Por Jose Luis Gallego. Divulgador ambiental (@ecogallego)
Los pinares que rodean los viñedos de la región mediterránea suelen presentar en el extremo de sus ramas altas la inconfundible bolsa de la procesionaria. Se trata de una especie de malla sedosa y traslucida cuya extensión puede abarcar muchas hectáreas de bosque. Esa presencia constituye una de las plagas forestales más comunes en este tipo de arboledas. Sin embargo, pese a reconocer visiblemente el nido de estos insectos, son pocos los que conocen algo sobre la secreta y sorprendente vida de sus inquilinos.
Ejemplar de procesionaria
Lo primero que hay que saber es que la procesionaria del pino es en realidad la fase de oruga de un lepidóptero: una mariposa a la que los científicos clasifican con el nombre de Thaumetopoea pityocampa. Cada año cuando llega el buen tiempo las orugas de esta especie abandonan sus nidos y descienden de los árboles al suelo para desfilar en fila india, como si fuera una procesión: de ahí su nombre común. Encabezadas por una hembra, las procesionarias buscarán así un lugar apropiado para enterrarse.
Cuando lo encuentran, cuando la hembra decide que aquel es el lugar apropiado para iniciar la siguiente fase de su desarrollo, las orugas se apelotonan como si fueran un enjambre de abejas y se van enroscando poco a poco en el suelo, una tras otra, hasta alcanzar un palmo de profundidad.
Una vez ahí abajo, al abrigo de las inclemencias meteorológicas, cada una de ellas se encierra en su capullo para completar la metamorfosis que las transformará primero en crisálida y después en mariposa. Si todo va bien, a finales de agosto o principios de septiembre las recién estrenadas mariposas saldrán volando del suelo. Aunque no siempre se cumple este calendario.
Porque si las condiciones ambientales no son las adecuadas, la oruga de la procesionaria puede detener su reloj biológico para quedarse en espera, enterrada en el suelo, hasta que las circunstancias sean propicias y consideren seguro salir ahí fuera. Lo más sorprendente es que ese aguardo, ese aplazamiento antes de culminar su evolución y pasar a su siguiente y última fase, puede prolongarse hasta cinco años.

Orugas procesionarias
Una vez emergida de nuevo a la superficie del bosque, generalmente al atardecer, el único afán de la mariposa será alcanzar las ramas del pino para reproducirse y realizar la puesta cuidadosamente sobre las acículas, que servirán de alimento a las larvas cuando nazcan. Y aquí viene otro aspecto no menos sorprendente de la biología de este fascinante insecto.
Porque para llevar a cabo todo ese recorrido vital, emerger del suelo, volar hasta la copa del árbol, atraer al macho para que la fecunde y poner los huevos, la hembra dispone de apenas veinticuatro horas: una auténtica contrarreloj de la naturaleza.
Favorecidas por el calentamiento
El cambio climático está favoreciendo la extensión de la procesionaria por los pinares europeos al generar veranos más secos y primaveras más cálidas. Debido a ello, y aunque este insecto no actúa como una plaga propiamente dicha (las orugas no matan al árbol, aunque sí afectan a su desarrollo) cada vez son más los propietarios forestales que recurren a métodos de control para evitar su presencia.
Además, cuando las orugas están dentro de las bolsas producen una lluvia de materiales orgánicos muy urticantes que pueden causar alergia en personas sensibles, por lo que en muchos municipios se recomienda no salir a pasear por los bosques afectados. Un problema de salud pública que puede agravarse en el caso de entrar en contacto con los pelillos vidriosos que cubren a las orugas y que provocan reacciones que pueden llegar a ser especialmente graves en los animales de compañía.
Bosque de pinos
Y es que, contrariamente a lo que mucha gente cree, no hace falta tocar a las orugas para sufrir la abrasadora caricia de sus púas urticantes ya que pueden lanzarlas como flechas hasta más de medio metro de distancia. Cuando nuestro perro se aproxima a ellas y detecta su presencia puede que sea demasiado tarde.
En el caso de las personas las toxinas de la procesionaria pueden provocar anafilaxia: una reacción alérgica grave que llega a complicarse si no se tiene a mano un inyectable de epinefrina: indispensable en la mochila de todo excursionista con alta sensibilidad a este tipo de alergias. En el caso de los perros pueden sufrir una hinchazón repentina de la lengua y llegar a ahogarse.
Lucha biológica
Lejos de recurrir a fumigar los bosques con insecticidas químicos, la mejor opción para combatir a la procesionaria del pino es colocar trampas de feromonas. Se trata de esas bolsas que suelen situarse a media altura del árbol en las que los machos, creyendo que en su interior se hallan las hembras, entran y quedan atrapados.
También se colocan conos invertidos en los troncos de los árboles para evitar que desciendan o una especie de collares o abrazaderas que rodean el tronco y las retienen en su interior. Si al pasear por el bosque localizamos cualquiera de estas instalaciones debemos respetarlas para que cumplan su función.
Aunque la manera más eficaz de controlar a la procesionaria es recurrir a la lucha biológica colocando cajas nido para aves insectívoras. Y es que esta oruga es el bocado favorito de algunos pájaros como el herrerillo o el carbonero: inquilinos habituales de los nidales que no dudan en agarrarse a las bolsas para abrirlas y comerse a las orugas. Las abubillas incluso hacen agujeros en el suelo para comerse a las que se han enterrado. Una vez más las mejores soluciones están en la naturaleza.