La otoñada en el bosque de ribera 

25 Octubre 2022
otoñada

Por Jose Luis Gallego. Divulgador ambiental (@ecogallego)

 

Todas las épocas del año tienen un atractivo diferente en la naturaleza, pero ninguna ofrece estampas tan mágicas como el otoño. Sin lugar a dudas, en el hemisferio norte esta es la estación de los bosques, especialmente los de hoja caduca. Hayedos, castañares y nogueras lucen por estas fechas una variedad de colores, del amarillo al anaranjado y del rojo al dorado, que convierten tan bellas arboledas en un lugar encantado, donde cobran vida las leyendas de hadas y duendes.  

 

Paisaje de un bosque otoñal.
Paisaje de un bosque otoñal. 

 

Un hechizo que adquiere dimensión de obra de arte en los bosques de ribera: probablemente el lugar más emocionante para disfrutar de la otoñada en la naturaleza, no en vano para muchos la mejor imagen de la melancolía es la de una chopera en pleno otoño. 

Mediada la estación, olvidados ya los días de verano en los que sus densas ramas de hojas verdes brindaban la mejor de las sombras, los chopos han iniciado ya el largo letargo que les permitirá superar los rigores del invierno. De ese modo, adormecido y cansado, el viejo chopo cesa el flujo de la savia en su interior mientras sus hojas, completamente amarillas, empiezan a caer acariciadas por el suave viento del atardecer para tapizar el suelo de un manto que se irá tornando dorado. 

 

 

Paisaje de chopera amarilla.
Paisaje de chopera amarilla. 

 

Es así como los sotos de los ríos, salpicados de chopos asociados con olmos, sauces, álamos o fresnos, entre otros árboles de ribera, se van recogiendo poco a poco, como el tinglado de aquellos cómicos que recorrían los pueblos y desmontaban el escenario tras acabar su función. Ese ir recogiendo cansinamente las sillas, desmontar la tarima y cargar la tartana es semejante a lo que ocurre en los bosques de ribera entrado el otoño, cuando el canto de la abubilla, el cuco o la oropéndola son tan solo un recuerdo del verano y deja paso al de petirrojos y currucas. 

El armonioso canto de estos pájaros, que han bajado del norte de Europa para pasar el invierno en nuestros templados paisajes, se mezcla en estas fechas con otro sonido característico de la otoñada en los bosques fluviales: el canto del sapo partero (Alytes obstetricans) que, con el regreso de las lluvias y el descenso de las temperaturas, anda más activo que nunca. 

El suave y monocorde silbido del macho de esta especie de anuro (que es como llaman los científicos a los anfibios sin cola) se oye de manera repetida, como una letanía, y cuando se juntan varios de ellos puede dar lugar a un singular concierto de pitidos que añaden otro de toque de magia a estos bosques encantados.  

Con ese tenue y agradable soniquete este pequeño anfibio, de apenas cinco centímetros y más fácil de oír que de ver, anuncia el celo de la especie y busca atraer a las hembras para, alzándose sobre ellas, comenzar con el ritual de abrazos amorosos que sirve de preludio a las cópulas, tras las que llegarán las sucesivas puestas. 

Aunque lo insólito viene a continuación pues, llegado ese momento, y mientras la hembra va sacando los cordones de huevos ya fecundados como si fueran ristras de caramelos, el macho no duda en ir recogiéndolos con sus patas traseras para echárselos directamente a la espalda, convertidos en una mochila gelatinosa. 

De ese modo, será él y no ella quien acarreará sobre su pequeño cuerpo con la puesta de los huevos de diferentes hembras, más de un centenar y durante casi un mes hasta que, llegado el momento próximo a la eclosión, los deposite en el agua para que nazcan las crías e inicien el lento y prodigioso camino de la lenta metamorfosis (hasta varios años en el caso de esta especie) que los convertirá en nuevos sapillos.
 
Hace unos años, mientras disfrutaba de un melancólico paseo otoñal por una chopera amarilla a orillas del río Riaza, en la provincia de Segovia, tuve ocasión de observar como uno de estos anfibios veía cumplido el sueño de depositar su pesada carga en una charca del río que se había empezado a llenar de nuevo con la crecida del cauce tras las lluvias. 

Fue junto a un puente de madera, en el interior del bosque. Sobre las espaldas del sapillo los huevos, ya muy maduros, estaban a punto de eclosionar. Tanto es así que de un simple vistazo pude ver perfectamente a los pequeños moviéndose en su interior. Debían ser alrededor de medio centenar y todos juntos abultaban más que su progenitor. En cuanto cayeron al agua empezaron a abrirse como por arte de magia, y las crías empezaron a nadar para repartirse por la charca. Fue un momento impresionante: uno más de los muchos regalos que nos brinda la naturaleza cuando nos acercamos a ella con respeto y admiración. Especialmente en otoño.   
 

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