La elegancia del almendro en febrero

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Por Jose Luis Gallego. Divulgador ambiental (@ecogallego)

El género Prunus agrupa algunos de los árboles frutales más característicos del campo mediterráneo, desde donde se distribuyeron por todo el planeta. Cerezo, ciruelo, melocotonero, albaricoquero: todos ellos comparten un rasgo común que los hace especialmente llamativos; la delicada belleza de sus flores. Aunque acaso la más elegante de todas ellas sea la flor del almendro. 

El almendro (Prunus ducis) es un árbol caducifolio de porte austero y hasta diez metros de altura que, con su porte austero y desgarbado, apenas suele llamar la atención en el campo. Cuando alcanza la madurez su tronco, que crecía delgado y terso, empieza a retorcerse y cubrirse de una corteza rugosa y agrietada, de tacto áspero. De ramas bajas y copa abierta, durante el otoño y la primera parte del invierno. 

Almendro entre viñas en el Priorat
Almendro entre viñas en el Priorat

Sin embargo, en los primeros días de febrero, mientras todavía no han empezado a brotar las hojas, las ramas en apariencia resecas del almendro se pintan de flores rosadas y blancas que, como apretados pétalos de algodón, lo envuelven por completo. En ese momento, este árbol modesto y austero se convierte en un auténtico semáforo viviente, un destello de elegancia que destaca desde la lejanía en mitad de los campos todavía yermos.

Pero la voluntad del almendro al dotarse de esa elegante estampa no es atraer nuestra mirada, sino la de las abejas y otros insectos polinizadores, que se sienten seducidos ante tal profusión de flores, tan escasas en pleno invierno, y acuden para alimentarse de su polen. Una labor que va a permitir la reproducción del árbol y la producción de una de las primeras mieles del año: la muy apreciada miel de almendro.
 
A medida que el invierno avanza y se acerca a su fin, cuando los rayos del sol cobran cada vez más protagonismo y la primavera empieza a dar muestras de advenimiento, las ramas del almendro comienzan a cubrirse de sus características hojas lanceoladas, alargadas y verdes, ligeramente curvadas hacia adentro, confiriéndole una copa densa, aunque no frondosa. 

Mientras se viste verde los suaves pétalos blanquecinos ceden a la caricia del viento y caen del árbol para dar paso a su fruto, la almendra, que al principio es apenas una lágrima verde adherida al tallo reseco. 

Ejemplar de almendros en el Priorat
Ejemplar de almendros en el Priorat

La tierna almendra, como una gran gota de agua envuelta en el tegumento, va cuajando en el interior de una cáscara exterior verde y aterciopelada. Una cáscara que, con el paso de las semanas, se reseca y abre para ofrecernos uno de los frutos secos más preciados, ingrediente básico de la gastronomía mediterránea, así como uno de los componentes más utilizados, ya sea dulce o amarga, por la cosmética natural.
  
Poco exigente y muy adaptable a todo tipo de suelos, el almendro se halla muy extendido por nuestros campos y es uno de los árboles más comunes del entorno rural. Junto al olivo es uno de los frutales que mejor conviven con la viña, con quien comparte paisaje y labor desde hace siglos. De hecho, el cultivo de la almendra, como el de la aceituna, es una de las actividades que suelen complementarse de manera más habitual con la viticultura en toda la región mediterránea. De ahí que crezcan en muchas de las lindes y los caminos que llevan a las viñas. 

Arboles de almendro entre viñedos en el Priorat
 Arboles de almendro entre viñedos en el Priorat

Perfectamente adaptado al clima mediterráneo y a su alta variabilidad, el almendro, como la vid, es capaz de hacer frente a las altas temperaturas estivales y superar el frio más penetrante, algo que lejos de afectarle favorece su cultivo. 

En el campo el frío actúa como un verdadero plaguicida natural que robustece a los almendros, librándolos de enfermedades y estimulando su floración. De hecho, la ausencia de ese período de bajas temperaturas, llamado técnicamente vernalización, puede dar lugar a un desarrollo inadecuado de la flor o un menor rendimiento de los frutos, entre otras disfunciones.

En cambio, cuando el invierno resulta especialmente frío, los cultivos se desarrollan a un ritmo más lento y acompasado y los frutos, como en este caso las almendras, aumentan su concentración en azucares para afrontar el bajón de los termómetros, resultando más nutritivos y gustosos. 

El problema llega cuando el aumento de las temperaturas, típico del estiaje en el campo mediterráneo, se intensifica de tal manera que acaba dando lugar a las temibles olas de calor, cada vez más persistentes y sucesivas. O cuando en invierno, o incluso entrada la primavera, los termómetros se precipitan bajo cero durante días enteros, dando lugar a extensas y persistentes heladas. Todo ello acompañado de grandes tormentas y vendavales que inundan los campos y tumban los árboles. Algo que, por desgracia, resulta cada vez más frecuente en nuestras latitudes debido a la crisis climática.