Flores de invierno, gotas de belleza en el paisaje helado
Por Jose Luis Gallego. Divulgador ambiental (@ecogallego)
Aunque muchos vinculan la floración de los campos con la llegada de la primavera, lo cierto es que existe un puñado de plantas que deciden florecer precisamente ahora, en lo más crudo del invierno, cuando los campos dormidos se cubren de escarcha. Muchas de ellas lo hacen en el entorno de los viñedos.
Paisaje de invierno
Entre todas las especies que dan flor en invierno destaca uno de los arbustos más característicos del ecosistema mediterráneo, el brezo, del que nos dice mucho su nombre latino: Erica multiflora. Este matorral de mediana altura se muestra por estas fechas con las varillas de sus ramas repletas de flores rosadas. Son unas pequeñas campanillas que, apretadas unas con otras, pintan los paisajes con tanto color que parece que estemos en el mes de abril.
El aumento de las temperaturas invernales, propiciado por el avance del cambio climático, está adelantando la floración de otra planta característica de la garriga: el mosaico florístico que predomina en el monte bajo mediterráneo. Se trata de las aliagas o aulagas, una especie perteneciente a la amplia familia de las fabáceas y a la que los científicos clasifican con el nombre de Genista scorpius.
Las aliagas suelen florecer junto a los caminos que conducen a las viñas, decorando el paisaje con sus delicadas y perfumadas flores amarillas. Pero cuidado porque más allá de su belleza, se trata de un arbusto de mal tocar.
Ocurre que, bajo las apretadas ramificaciones del año pasado, donde ahora brotan sus flores, se esconden las ramas viejas y resecas que han ido sucumbiendo con el paso del tiempo por la falta de lluvia. Y más que pinchar, las espinas leñosas de la aliaga son un auténtico estilete capaz de rasgar la piel de quien, seducido por su belleza, intenta llevarse a casa un ramillete.
Otra de las flores de invierno más características del monte medio y bajo, especialmente abundante en el entorno de los arroyos y las fuentes, es la celidonia (Ranunculus ficaria), una especie con destacadas propiedades medicinales utilizada desde antiguo en el tratamiento de diversas dolencias.
La celidonia es una flor modesta, casi íntima, cuyos pétalos de color amarillo se abren en mitad del invierno en los rincones más húmedos del bosque. El vivo color de sus flores destaca sobremanera entre el marrón oscuro de la umbría o los márgenes helados de las fuentes. Junto a éstas destacan asimismo sus redondeadas hojas, de un brillante color verde, que como pequeños nenúfares terrestres tapizan los márgenes de los torrentes, el suelo de las fresnedas y otros bosques de ribera.
Flores amarillas cubiertas de escarcha en pleno invierno
Precisamente las alisedas, el bosque de ribera por excelencia, también florecen en enero, mostrando su estampa más curiosa. De las ramas desnudas de los alisos (Alnus glutionsa), donde aún permanecen los frutos resecos del año pasado, empiezan a abrirse las flores antes de echar hoja, destacando así con más fuerza en el tono gris pálido de la arboleda invernal.
El durillo (Viburnum tinus) es un pequeño arbusto con ansias de grandeza que, en condiciones adecuadas, puede llegar a alcanzar el tamaño de un árbol. Y como las anteriores especies, también florece en pleno invierno, formando densos manojos de flores blancas, pequeñas pero abundantes, que destacan desde lejos.
Flor durillo en pleno invierno
Los avellanos silvestres también han empezado a florecer, aunque de una manera mucho más modesta. Sus flores, diminutas y agrupadas en racimos de color pardo verdoso, no llaman la atención del paseante. En contraste con la explosión de las aliagas, los avellanos más que florecer dejan caer de sus ramas unas varillas colgantes que los botánicos denominan amentos.
Debido a ese recato vegetal es muy posible que si nos encontramos con un avellano en flor nos pase del todo inadvertido. Y es que, al contrario que el almendro o el cerezo, que aún aguardarán unas semanas antes de empezar a salpicar el campo con sus delicadas y bellísimas flores blancas o rosadas, la humilde flor del avellano carece de sus seductores pétalos.
Por último, no podemos cerrar este breve catálogo de plantas que se atreven a florecer entre la nieve, el hielo o la escarcha sin citar a una de las más bellas: el lirio de invierno (Iris planifolia).
Considerada una de las flores más bellas de la alta montaña, de color azul morado, muy intenso, con el centro blanco y una elegante raya amarilla entre sus tres pétalos. Unos pétalos que se abren estos días de par en par en mitad del paisaje helado para delicia de los alpinistas y amantes de la botánica que suben hasta las cumbres para disfrutar de su belleza, sin arrancarlas por supuesto.