El autillo y las noches de verano en la viña

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Por: Jose Luis Gallego. Divulgador ambiental (@ecogallego) 

Durante las noches estivales, las arboledas que rodean los viñedos suelen ser el escenario idóneo para escuchar uno de los reclamos más singulares de la avifauna ibérica.  

Se trata de un potente y nítido tiuuuu/ tiuuuu/ tiuuuu que muchos comparan con el famoso sónar de los submarinos y que se repite de igual manera, a intervalos casi exactos, durante horas seguidas.  

Sin embargo, ese silbido corto y seco que resuena cada dos segundos en mitad de la noche, un sonido entre lúgubre y agudo, corresponde en verdad al canto de un ave silvestre: el autillo europeo; la menor de nuestras rapaces nocturnas. 

El autillo es una especie migratoria que normalmente solía llegar a nuestros campos a principios de abril para volver a sus cuarteles de invierno en el África subsahariana a finales de agosto. Unos hábitos que sin embargo se están viendo alterados por el cambio climático, siendo cada vez los autillos ibéricos que se convierten en sedentarios.  

Autillo europeo 
Autillo europeo 

Bien distribuido por toda la península y Baleares, el autillo es un ave exclusivamente forestal, aunque no se prodiga en los bosques profundos ni en los que se elevan por encima de los mil metros. En su lugar prefiere las arboledas abiertas situadas en el entorno de los campos de cultivo, olivares, dehesas, choperas, alamedas y otros bosques de galería.  

En todos esos lugares el canto del macho no dejará de sonar durante todo el período de cría, ya sea para marcar territorio o para atraer a las hembras, que también cantan, pero con mucha menor intensidad.  

También suelen escucharse en los parques y jardines de las afueras de los pueblos y ciudades, donde su reclamo da lugar a curiosas anécdotas entre visitantes y vecinos. Y si señalamos lo de ‘escucharse’ es porque la posibilidad de avistar a un autillo en libertad es ciertamente remota.  

Su inconfundible reclamo es la única pista que permite anotar su presencia, ya que esta pequeña rapaza nocturna es una de las especies más difíciles de ver en la naturaleza. Ello se debe a su mimético plumaje, compuesto por colores ocres, cenicientos, cremosos o tostados, finamente pincelados de motas pardas. 

Unos tonos que combina a voluntad para adquirir exactamente la misma coloración que la corteza de los árboles, cambiando de aspecto en función del árbol donde se instala. Esa extraordinaria habilidad para camuflarse hace que pase desapercibido a la mirada de sus predadores y de los curiosos que se sienten atraídos por su reclamo.   

Si a esa sofisticada herramienta evolutiva unimos su pequeño tamaño, no más grande que el de un mirlo, aunque mucho más alargado y vertical, y su costumbre de pasarse horas y horas apostado en su rama sin mover una sola pluma, la invisibilidad del autillo está asegurada.   

Sin embargo, aunque pase desapercibido para las miradas, su compañía es muy bien recibida por las gentes del campo, especialmente por los viticultores, pues saben que en él tienen a un gran aliado para el control de plagas. Básicamente porque su dieta se compone de insectos y roedores que pueden causar daños a la viña. Por eso en muchas fincas se colocan nidales artificiales para favorecer su presencia.   

Ejemplar de autillo 
Ejemplar de autillo 

Por desgracia, el avance de las grandes extensiones de monocultivos y el abuso de plaguicidas están diezmando sus poblaciones, que en los últimos veinte años han caído en más de un 30%. Debido a ello, esta especie protegida aparece en el Libro Rojo de las Aves de España con la categoría de ‘vulnerable’ y está incluida en el Listado de Especies Silvestres en Régimen de Protección Especial (LESPRE).