VINO Y VIDES: DE MADUREZ Y HUMANIDAD

Una analogía

Resulta difícil definir, con parámetros objetivos, qué es vivir. Algo que nos viene dado; nos sabemos vivos. Del mismo modo, hemos dotado de la cualidad de ente viviente a la vid, y en un contexto de mayor profundidad metafórica, al propio vino.

 

 

Lo físico…

 

Existen, sin embargo, una serie de atributos biológicos comunes que nos igualan, en esencia, a la vid. Y por extensión, a todo el mundo animal y vegetal. Hecho que debiera servir de reflexión y reubicación de la conciencia del ser humano a una escala de modestia mayor.

 

Cepa en fase de brotación, en el viñedo de l' Aranyó (DO Costers del Segre), propiedad de Familia Torres.

 

 

Así, vid y ser organizan su armazón entrópico, desde lo minúsculo de las células. Comparten funciones metabólicas e interactúan con los estímulos del entorno regulando funciones internas que garantizan nuestra/su supervivencia.

 

 

Crecemos, nos reproducimos y con la madurez vemos limitadas ciertas funciones, en un progresivo e inexorable proceso de oxidación que nos llevará a nuestro final natural.

 

 

…y lo metafórico

 

Vid y Ser. Como uno solo. Un espejo arraigado a la tierra del que aprender a verse y saberse. Porque atender al ciclo vegetativo es contemplarse: una juventud rotunda y productiva, excesiva vitalidad que requiere de pausa y atención para limitar el vigor inconsciente de tal explosión vital.

 

Crianza del vino Purgatori en la reformada bodega de l’Aranyó (DO Costers del Segre), propiedad de Familia Torres

 

 

Al fin y al cabo, la madurez no es más que un sendero a modo de cronología; un paso iniciático de descubrimiento del propio potencial, un camino en el que aprendemos a domar la gestión de los recursos y de nuestras energías, con mayores limitaciones y achaques, pero con mayor equilibrio y asentado conocimiento.

 

 

 

 

 

Porque la edad es un filtro, un embudo; un tamiz, si se quiere; que depura errores y busca el equilibrio. Nuestro vigor se debilita, pero nuestro fruto y nuestras acciones cobran mayor sentido, mayor valía.

 

 

 

Así, en la sabia senectud, canto de cisne, vid y ser apuran horas y días en ofrecer la esencia destilada, mínima y concentrada, de toda una vida.

 

 

Vino y Ser. Como uno solo. Hablar de vinos vivos puede entenderse, desde una cierta controversia, como un axioma algo grandilocuente. Pero si atendemos a su elaboración y posterior evolución comprenderemos que la interacción de sus componentes vivos crea otro ser, único e irreproducible; que a manos de su propio devenir se verá definido por el potencial de dichos componentes: Levaduras, bacterias y células vegetales.

 

 

 

La geografía de la materia queda definida en un nuevo ser, un nuevo vino, que comparte espejo y virtuoso ciclo entrópico con Vid y Ser; que parte de la exuberancia de la juventud frugal e intensa, indomable implosión vitalista multicolor.

 

Rabo de buey deshuesado con espuma de patata, maridado con Purgatori (Rte. Mas Rabell)

 

 

Con la madurez llega el equilibrio. Las aristas se liman, como un río talla un cañón, se atempera el carácter, consiguiendo una serenidad organoléptica, elegante y de personalidad formada. Excesos y defectos quedan pulidos para ofrecernos una versión desnuda y material de aquello que entendemos por vida. Vida que se oxida y se apaga. Vid, Ser y Vino están sujetos a las mismas normas y regulaciones biológicas. Un epílogo natural e inevitable. Un ciclo, un círculo donde se solapan principio y final. Irse es regresar.

 

 

Sea lo que fuere ‘vivir’, se nos antoja inevitable compartir camino y destino con la vid y su fruto. Un entendimiento atávico que hace de nuestras vidas espejos y, de nuestros pasos, sendero. 

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