Los pájaros del vino

Jose Luis Gallego. Divulgador ambiental

La llegada de la primavera supone el despertar de la viña en el campo mediterráneo. Las cepas empiezan a brotar y los brazos resecos se pintan de motas verdes anunciando un nuevo tiempo en el calendario de labranza: el tiempo de la esperanza.

 

Las yemas empiezan a hincharse dando paso a los primeros pámpanos, que explotan en cogollos de hojas apretadas. Unas hojas tiernas y diminutas que se irán abriendo como mariposas al tenue sol de marzo: lentamente, recelando de las heladas traicioneras. Y todo ello ocurre al son de los pájaros cantores, que como la viña han recuperado su actividad espoleados por la llegada del período de celo.

 

El abejaruco, un habitual en los viñedos (imagen de Ana Mínguez - @anacagur)

 

La viña es uno de los ecosistemas agrícolas que acoge mayor biodiversidad, especialmente entre las aves, muchas de cuyas especies suelen establecer sus territorios de cría en su entorno, no resultando pocas las que incluso hacen nido entre las cepas. En estos días cantan a la viña reverdecida jilgueros, verderones, pardillos y pinzones. Los verdecillos lo hacen desde las puntas más altas de las cepas, luciendo el obispillo al aire: de un color amarillo limón muy vivo, casi fluorescente. Espera con ello el más pequeño de nuestros fringílidos enamorar a las hembras y alejar a los machos competidores de su viña.

 

A medida que avance la primavera se sumarán desde el suelo los melodiosos cantos de las aves de secano: totovías, cogujadas, terreras y calandrias. Y muy especialmente el de las alondras: las grandes sopranos de los viñedos.

 

Desde lo alto de los cables de la luz trina sin cesar el triguero: con esa estrofa monocorde que muchos consideran el reclamo más famoso de la primavera en el campo. En algunos territorios le acompañarán en el coro escribanos, bisbitas y collalbas.  Siguen ahí las urracas, cornejas y grajillas, aves rurales que no se separan de las viñas en ningún momento del año. En contraste con su críptica librea, pronto le pondrán color a la vid los abejarucos, carracas y abubillas, que portan en su plumaje los tonos de África.

 

La perdiz (imagen de Ana Mínguez - @anacagur)

 

Ya surcan sus cielos a baja altura golondrinas y aviones, y en breve lo harán los vencejos. Corretean por los surcos las elegantes perdices, a las que no les gusta echar a volar temerosas del plomo de los cazadores. Si todo va bien pronto irán acompañadas por sus simpáticos perdigones.

 

Y en algunos viñedos elegidos de la estepa castellana empiezan a lucir sus mejores galas los sisones, los alcaravanes y las impresionantes avutardas: que con sus casi veinte kilos y más de un metro de altura, es el ave más voluminosa de la fauna europea y una de las más pesadas del planeta con capacidad de volar: ¡nuestra particular avestruz!

 

Sabedores de la abundancia de pájaros que se dan cita en las viñas, no faltan las rapaces que acuden hasta ellas en busca de alimento. Así no es difícil observar como las sobrevuelan ratoneros y milanos, aguiluchos de varias especies, azores, gavilanes y hasta la más bella de nuestras águilas: la perdicera, especie amenazada de extinción que tiene en los viñedos uno de sus hábitats preferidos. 

 

El mochuelo, buscando altitud para controlar el peligro (imagen de Ana Mínguez - @anacagur).

 

Cuando empieza a oscurecer no suele faltar el mochuelo: esa pequeña rapaz nocturna de hábitos crepusculares y pose inquieta que gusta de posarse en lo alto de las cepas para intentar dar cuenta de los lirones, topillos y ratones que por ellas merodean. Y en la caseta de labranza o en un rincón oscuro de la bodega es posible que se oculte la lechuza: otra aliada del viticultor en el control de los roedores.

 

Todos estos y muchos más son los pájaros del vino: aves que se mantienen unidas al viñedo y que añaden un punto de color y de música al desarrollo de la vid.

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