La perdiz roja, el pájaro de las viñas

Por Jose Luis Gallego. Divulgador ambiental (@ecogallego)

Si tuviéramos que elegir a una especie de pájaro silvestre como representante de la avifauna que habita en los viñedos, una de las que contaría con más motivos para serlo sería la popular perdiz roja.

 

 

Un ejemplar de perdiz roja en el viñedo del Aranyó (propiedad de Familia Torres)

Un ejemplar de perdiz roja en el viñedo del Aranyó (propiedad de Familia Torres)

 

 

Esta especie, a la que los científicos clasificaron como Aleactoris rufa y en Castilla conocen mejor como “la patirroja”, tiene una querencia natural por vivir entre cepas, estableciendo muy a menudo sus nidos entre los arbustos de los ribazos y los márgenes de los viñedos, donde por otra parte abundan las gramíneas silvestres de las que se alimenta.

 

En ese sentido, la creciente tendencia al cultivo de la vid en convivencia con las plantas silvestres, como propone la agricultura regenerativa, no ha hecho sino favorecer aún más el asentamiento de esta especie en el entorno de las viñas.

 

Se trata de un ave muy fácil de distinguir, pues tiene una estilizada redondez de figura que hace inconfundible su silueta a contraluz. Pero cuando el sol le da de frente, esta bellísima ave silvestre muestra la librea más elegante de los campos ibéricos: una exclusiva combinación de rojo y negro, naranja y blanco, pardo y azul cielo que la convierte en una de las especies más bellas de Europa.

 

De su cabeza destaca la corta talla de su pico, romo y afinado, de color rojo carmesí, como el del aro ocular. Luce un elegante antifaz: una fina línea de plumas negras que, bajo la ceja blanca, enmarca su amplia gorguera albina, dando forma a un bellísimo collar de plumas azabache que se difumina hacia abajo, sobre el tono azul celeste del pecho.

 

 

Perdiz roja en el viñedo del Aranyó (propiedad de Familia Torres) durante la vendimia

Perdiz roja en el viñedo del Aranyó (propiedad de Familia Torres) durante la vendimia

 

 

Muestra una cola corta, gruesa y rectangular, y en sus flancos las plumas forman una especie de tapizado denso en el que destacan las características estrías que cubren ambos lados del vientre, que en su parte baja es de un tono anaranjado intenso y del que surgen como dos corales rojos sus patas, cortas y gruesas: de ahí su sobrenombre castellano, al que recurría el gran novelista y cronista de la naturaleza Miguel Delibes al citarla.

 

Poco amante de volar, la perdiz roja es una gran andarina, por lo que suele resultar muy común verla corretear con su balanceado paso por los caminos de tierra o los surcos de los campos. En primavera y verano suele ir acompañada de sus pollos, los perdigones, que siguen a su madre disciplinadamente en fila india.

 

Su inconfundible silueta recortada con las primeras luces del alba o las últimas antes del ocaso es uno de los iconos de nuestros campos. Sin embargo, la alteración de su hábitat natural, el monte bajo, el abandono de los cultivos tradicionales y el abuso de los agroquímicos, están provocando la regresión de la perdiz silvestre en España.

 

Un retroceso al que, lejos de paliarlo, está contribuyendo la repoblación con ejemplares de granja, pues no ha hecho más que enrarecer el ya de por sí delicado status de la especie, sometida por otra parte a una gran presión por parte de los cazadores. Su compañera menor de vecindario, la codorniz, comparte semejante destino y libra igual batalla.

 

Las perdices silvestres no solo habitan los ecosistemas agrícolas, sino que también se adentran en los páramos y estepas de matorral mediterráneo. Pero su distribución autóctona ha sido modificada por las repoblaciones cinegéticas llevadas a cabo en cotos de toda la península. Debido a ello la especie autóctona está en franca regresión, mientras que la perdiz de granja, mucho menos esquiva y casi doméstica, se halla por todas partes: a menudo incluso en el interior de los pueblos.

 

Los ejemplares de cría industrial con las que se reponen las poblaciones en los cotos y vedados cinegéticos tienen poco que ver con su pariente silvestre: son mucho menos vivaces, menos montaraces que las patirrojas autóctonas. Apenas se esconden al ser descubiertas y no lucen una coloración tan viva como la que muestra la especie campestre, ni mucho menos alcanzan su potencia y belleza a la hora de cantar.

 

El canto de la perdiz roja es una de las bandas sonoras más representativas de nuestros campos, acompañando desde tiempos inmemoriales a los agricultores en sus jornadas de labranza, y muy especialmente en los días de siega y vendimia.

 

 

Una perdiz roja en el viñedo. Podreís escuchas el canto de la perdiz roja, mediante este enlace: https://seo.org/wp-content/uploads/2013/11/F63-Canto.mp3 (Fuente: SEO BirdLife

 

 

Pero lo peor de todo es que las perdices de granja están poniendo en riesgo las poblaciones silvestres de la auténtica y genuina patirroja, a cuyos ejemplares transmiten enfermedades y con las que se hibridan alterando las características genéticas de la especie. Puede que el lector no alcance a valorar la gravedad de este problema pues “son igualmente perdices” -pensará con toda la lógica del mundo- pero no, no son las mismas. Y eso, para los que la consideramos una de las aves más bellas del mundo, es una auténtica pérdida.

 

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