Hibernar para sobrevivir al frío

Jose Luis Gallego. Divulgador ambiental @ecogallego

El frío actúa como un eficaz agente sanitario en el campo. Las tormentas de nieve, el hielo y las largas jornadas con temperaturas bajo cero eliminan las plagas que dañan a los cultivos y acaban con los parásitos que afectan a los ecosistemas forestales. Por eso agricultores y silvicultores dicen que el frío cura.

 

Sin embargo las duras condiciones invernales ponen a prueba la capacidad de resistencia y adaptación al medio de los pequeños mamíferos silvestres, a los que la llegada del frío deja sin alimento.

 

Además de soportar las rigurosas condiciones meteorológicas, sus posibles presas, en su mayor parte pequeños invertebrados, han desaparecido de escena y buena parte de los árboles y arbustos que les ofrecían cobijo y sustento son ahora apenas un esqueleto de ramas secas. 

 

Por todo ello lo mejor es desaparecer de escena, retirarse a un lugar seguro y confortable y esperar a que pase el invierno. Dormir para vivir: en eso consiste la hibernación. Un recurso en apariencia fácil, pero que sin embargo está repleto de peligros ya que comporta una serie de alteraciones en el organismo del durmiente que lo van a llevar al límite de la muerte.


El caso del lirón gris es uno de los más conocidos. Tras la famosa expresión “dormir como un lirón” se esconde una de las hazañas más extraordinarias de la naturaleza.

 

El lirón hibernando, esperando a que llegue el buen tiempo.

 

Gracias a la abundancia de comida del otoño, cuando el bosque entero se convierte en una despensa, nuestro pequeño protagonista ha llegado al invierno con los depósitos de grasa que mantiene bajo la piel repletos. Esas provisiones le van a facilitar la energía necesaria para alcanzar la primavera sin ingerir bocado alguno. Cualquier error de cálculo tendría consecuencias fatales. 

 

De ese modo, mientras el campo entero se congela y la nieve cubre el paisaje con su extenso manto, el lirón duerme el más profundo y largo de los sueños confortablemente instalado en el interior de su cubil, sobre un lecho de hojas secas y al abrigo de su propia cola.

 

Finca de l’Aranyó, propiedad de Familia Torres, durante la nevada del temporal Filomena (enero 2021).

 

Durante la hibernación el organismo del pequeño mamífero deja de realizar algunas de las funciones vitales más elementales: los riñones reducen poco a poco su ritmo de trabajo para retener la mayor parte de líquidos, el ritmo cardíaco desciende hasta convertirse en un lento palpitar apenas apreciable, la respiración se va acompasando hasta hacerse asimismo imperceptible. 

 

En los vasos sanguíneos se acumula la linfa y la temperatura corporal deja de ser regulada, descendiendo hasta alcanzar la del cubil donde duerme. En la fase más profunda del sueño el cerebro entra en fase de desconexión, pasando a controlar tan solo las funciones básicas, mientras que unas sustancias de alto peso molecular situadas en el tejido celular serán las encargadas de proteger los tejidos y evitar su congelación.

 

Los biólogos sostienen que llegados a este punto los lirones pueden alcanzar una temperatura corporal de casi cero grados, pasando de las trescientas pulsaciones por minuto que mantienen en primavera a apenas cinco. 

 

Es tanta la caída de tensión vital que si sorprendiéramos a uno de estos bellos y delicados animalillos durante su descanso invernal pensaríamos que está muerto. Y en cierto modo en eso consiste hibernar: en morir un poco para vivir después. 

El lirón, un habitual alrededor de los viñedos.


 

Se trata de una estrategia similar a la que siguen las desnudas cepas de los viñedos en mitad del crudo invierno, congeladas y cubiertas de nieve. Nadie diría que de ellas surgirán los pámpanos y los racimos de uva que nos ofrecen al llegar el estío. Sin embargo en esas duras condiciones la vid, como el lirón, duerme, con la esperanza de renacer y ofrecernos sus jugosos frutos.

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