Enamorados del vino

Te damos algunas razones.

Más allá de regalarnos sensaciones y acariciar nuestro paladar, el vino y su cultura forman parte inherente de nuestra evolución como civilización. De un modo u otro, el vino está presente en todas las facetas que articulan la sociedad, y a lo largo de la historia ha adquirido dimensiones poliédricas, salpicando desde las liturgias religiosas o los cimientos de la propia filosofía hasta el comercio. Os contamos algunos motivos para amarlo:

 

 

Historia: Una evolución paralela a la civilización

Uno puede sentir estupefacción al cobrar consciencia de que el hombre del neolítico ya sabía elaborar vino, como atestiguan restos de vid (semillas, hollejos fosilizados y similares) encontrados en diferentes yacimientos arqueológicos.

Vista aérea parcial del yacimiento protohistórico de la Font de la Canya (Año 2009)

 

 

Cabe recordar que la vid es, junto al olivo, uno de los cultivos más antiguos que se conocen.

 

Así, el comercio del vino es fundamental para entender actividades tales como la contabilidad y el desarrollo en el transporte, y supuso un motor económico de suma importancia para diferentes civilizaciones de la antigüedad.


 

Universalidad y Diversidad

La vid se extiende a lo largo y ancho del planeta, siendo uno de los cultivos más universales.

 

Adaptada a diferentes climas e influenciada por diferentes culturas, el fruto fermentado de la vid se manifiesta de múltiples formas y encarnaciones: Vinos tranquilos o generosos, espumosos, dulces y destilados. Blancos, rosados o tintos. Jóvenes impetuosos o de cálida madurez.

 

En definitiva, la cultura del vino nos ofrece todo un universo de posibilidades y matices organolépticos, haciendo aflorar en nosotros una suerte de espíritu aventurero, de puro descubrimiento.

 


 

De enorme humanidad

Hemos incidido en diferentes ocasiones en la vid como una analogía perfecta del desarrollo del ser humano. Pero si existe una metáfora completa, casi alegórica, ésta descansa en el propio vino.


 

Así, en su juventud se muestra impetuoso y atrevido; enérgico y desvestido de experiencia; vivaz y eléctrico. La promesa de una madurez que está por venir.


 

Cuando el vino reposa y evoluciona en un halo de silencio y roble es cuando nos ofrece su versión madura y equilibrada. La fruta encarna a la dimensión más jovial del vino, mientras que las notas de crianza vestidas de especies y calor nos regalan la experiencia y cierto disfrute reflexivo.


 

Tras alcanzar su cenit, entra en declive. Inevitable, está en sus manos y su alma envejecer con elegancia y perpetuidad. Dejar huella. Un recuerdo de su paso por nuestras vidas.

 


 

Vector social y creador de arte

Más allá de su dimensión puramente emocional y gustativa, el vino ha sido, desde la más remota antigüedad, símbolo litúrgico y de comunión; foco de reuniones de sabios (como en los simposios en la antigua Grecia).


 

Del mismo modo, el vino ha sido objeto de inspiración y representación en todas las facetas de la expresión artística e intelectual. Filósofos, poetas, pintores o novelistas han vestido sus obras con tanino y acidez; dejando un rastro de genialidad tras ellos/as.


 

Nos faltan líneas para enumerar todo lo que el vino supone en nuestro día a día: un reto constante, trabajo, pasión, historia legada, responsabilidad y amor por la tierra. Porque en el alma del vino descansa todo cuanto un ser vivo puede ofrecer, nos sobran los motivos.

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