El despertar del oso pardo

15 Marzo 2022

La apariencia y el tamaño del oso pardo (Ursus arctos) lo convierten en un animal inconfundible. No existe especie alguna en nuestro territorio que se le asemeje y con la que lo podamos confundir. Nuestros osos, los que habitan en las montañas de la Cordillera cantábrica y los Pirineos, miden entre un metro y medio y dos metros y alcanzan un peso de 250 kilos.

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Oso cantábrico comiendo frutos del pudio.

Oso cantábrico comiendo frutos del pudio. Fotografía: Fotografía de: Fundación Oso Pardo

Su pariente norteamericano, el grizzly, al que los científicos han dado el descriptivo nombre de Ursus arctos horribilis, los doblan en peso y en tamaño hasta alcanzar los 700 kilos y 4 metros de altura.

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Ejemplar de grizzly en el campo

Ejemplar de grizzly en el campo

Mucho menos carnívoro que el lobo, el oso basa su alimentación en un régimen frugívoro, especialmente en otoño, en el que abundan los frutos silvestres, bayas y brotes de arbustos: brezo, piornal, enebro, majuelo, etc. En primavera y verano captura todo tipo de presas: hormigas, gusanos, escarabajos y todo tipo de reptiles, incluso anfibios y peces.

El oso pardo tiene una alta capacidad de convivencia con la población rural y en contadas ocasiones entra en conflicto con pastores y ganaderos. Por supuesto que se producen ataques al ganado, pero muy esporádicos. Daños que son debidamente compensados por la administración. Tampoco entra en competencia con los cazadores, pues es más carroñero que predador.

Otra cosa es los conflictos que surgen debido a la pasión que sienten estos gigantones por la miel y la fruta madura, especialmente las cerezas, lo que obliga a proteger las colmenas con pastores eléctricos, vallar el perímetro de los frutales y otras medidas de protección por las que apicultores y agricultores también reciben ayudas, así como por los posibles daños causados.

Cuando llega el invierno, la mayoría de osos ibéricos (algunos optan por permanecer activos) desaparecen de la montaña, se retiran al abrigo de alguna cueva para reducir allí sus constantes vitales y dormir consumiendo la reserva de grasas acumuladas, sumidos en un sopor que no es del todo profundo. De hecho, suelen salir de la cueva para darse un paseo invernal, lo que nos permite seguir su rastro.

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Oso alrededor de un roble

Oso alrededor de un roble. Fotografía de: Fundación Oso Pardo

Las huellas del oso aparecen bien marcadas sobre la nieve. En ellas se distingue perfectamente la suela, semejante a la de un pié humano descalzo, los cincos dedos, almohadillas y uñas. La anterior es mucho más pequeña que la posterior. Otro de los rastros habituales son los zarpazos en los troncos de los arboles, el pelo enganchado en las cortezas o los alambres espinos y las sendas marcadas con sus excrementos para marcar territorio.

Sin embargo, los técnicos que siguen la evolución de la especie vienen alertando desde hace años que, en la Cordillera Cantábrica y los Pirineos, los osos están dejando de hibernar cada vez más. Una de las principales causas de este cambio de comportamiento podría ser la alteración del ritmo natural de las estaciones provocadas por el cambio climático.

En cualquier caso el inicio de la hibernación de los osos depende de factores meteorológicos, la disponibilidad de alimento y las características individuales. En general, los machos permanecen activos más tiempo y salen primero de las cuevas, mientras que las osas preñadas son las primeras en entrar y las últimas en salir, ya en compañía de sus crías, tras una gestación que dura ocho meses y haber dado a luz en el interior de la cueva en las primeras semanas de enero.

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Oso cantábrica con crías.

Oso cantábrica con crías. Fotografía de: Fundación Oso Pardo

La hibernación consiste en un letargo en el que su ritmo cardiaco desciende de las 50 pulsaciones por minuto a apenas 10, el ritmo respiratorio baja a la mitad y la temperatura corporal cae en 5 grados. Durante este período el oso deja de comer, beber, defecar y orinar y mantiene las constantes vitales más funcionales gracias a la energía proporcionada por las grasas acumuladas.

En todo caso ese parón biológico está a punto de concluir. En estas semanas de marzo, ante la inminente llegada de la primavera, los machos despiertan y, tras haber perdido casi un tercio de su masa corporal, abandonan su refugio para alimentarse de todo aquello que les ofrezca el entorno (a menudo aún nevado) y recuperar rápidamente fuerzas.

Las hembras lo harán dentro de unas semanas, entrado el mes de abril, junto a sus cachorros, a los que deberán proteger de los ataques de los machos. Especialmente en los territorios donde las poblaciones van en aumento y la competencia por las hembras se acentúa. Se trata de una tendencia al infanticidio con la que los machos pretenden provocar que las osas vuelvan a entrar en celo.

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Oso cantábrica con crías.

Osa cantábrica acompañada de sus crías. Fotografía: Fotografía de: Fundación Oso Pardo

Tras caer hasta niveles que hicieron temer por su extinción, y gracias a la labor llevada a cabo con los programas de conservación y al trabajo conjunto de las administraciones y las entidades conservacionistas (muy especialmente de la Fundación Osos Pardo) la población de oso pardo en la península ibérica ha logrado recuperarse y hoy en día supera los 400 ejemplares, con 350 ejemplares en la Cordillera Cantábrica y 60 en Pirineos.

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