Flores de Mayo. Cuando al campo se le suben los colores

Por Jose Luis Gallego, divulgador ambiental.

Las lluvias de abril y el sol de mayo le han sacado los colores a la naturaleza, convirtiendo los viñedos y los campos que los rodean en una sala de arte al aire libre. Están especialmente hermosas las jaras y jaguarzos: blancas o moradas, grandes o pequeñas; juntas conforman el matorral mediterráneo por excelencia, un mar herbáceo que en estos días se convierte en florido mosaico.

 

Junto a ellas, las flores de la lechiternas y de los dientes de león forman alfombras amarillas que se extienden alrededor de los viñedos y los campos de cultivo adentrándose a menudo en ellos. También están en flor el escaramujo o rosal silvestre, el espino albar, el brezo, las lavandas y el tomillo, perfumando el aire con sus inconfundibles notas balsámicas.

 

Dientes de león en fase de floración en los viñedos de El Lloar (DOQ Priorat), propiedad de Familia Torres.

 

 

Tras la escasez de lluvias del otoño y el invierno, las generosas aguas de abril han hecho que se abran a los insectos las acampanadas flores de las orquídeas silvestres. Estas grandes protagonistas de la flora ibérica son mucho más abundantes y ubicuas de lo que a menudo nos imaginamos, creciendo sobre todo tipo de suelos desde la alta montaña hasta las playas y marismas.

 

Danzan al viento de mayo los delicados pétalos de las correhuelas y los gladiolos silvestres. Pintan el suelo de violeta las malvas. Y en mitad de la dehesa, semioculta bajo la sombra de los alcornoques y las encinas, una de las flores silvestres más bellas del mundo: la peonía, con su espectacular fogonazo fucsia.

 

Gladiolos silvestres en la finca Fransola (DO Penedès), propiedad de Familia Torres.

 

 

 

Humildes y menos llamativas, las plantas de los ribazos y los caminos forman también un variado tapiz floral, que no por cotidiano deja de ser menos interesante, destacando por su belleza el azul liliáceo de los cardos y el blanco níveo de la zanahoria silvestre; una de las flores más abundantes de nuestros campos, que forma una mata alta, deshilachada y abierta, y muestra por estas fechas un ancho ramillete de flores minúsculas, aplanado y horizontal, en forma de plato, en cuyo centro exacto aparece casi siempre un insecto posado.

 

Pero si hablamos de llamar la atención del paseante por sus formas, qué decir de la facultad que tienen las amapolas para llamar nuestra atención, al enrojecer los campos con ese intenso rojo carmesí, ese semáforo vivo que es en sí mismo el mejor anuncio de la primavera.

 

 

Amapolas en la finca de Milmanda (DO Conca de Barberà), propiedad de Familia Torres.

 

Podríamos llenar todas las páginas relatando los colores con los que es capaz de expresarse la primavera a través de las flores silvestres. Antes de concluir, sin embargo, permítanme resaltar el amarillo oro de las genistas o retamas: uno de los arbustos más comunes de los caminos, los ribazos y las lindes que separan los viñedos, una delicada flor que además de colorearnos la mirada perfuma el aire con una de las fragancias más elegantes del campo mediterráneo.  

 

 

 

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