Un paseo por el campo para recuperar la serenidad

Jose Luis Gallego. Divulgador ambiental @ecogallego

Hay algo de esta luz de diciembre en el campo que invita a la reflexión y el recogimiento. Parece como si ante su suavidad, los paisajes rurales se tornasen más apacibles y suaves: más románicos.

 

Los sonidos de la vida silvestre bajan de intensidad y da gusto salir pasear en calma por los caminos que bordean las adormecidas viñas: escuchando el melodioso canto del petirrojo, observando los bandos de estorninos echarse sobre los olivos; la paz de la naturaleza otoñal.

 

 

Un grupo de estorninos pintos, en una zarza (imagen de Ana Mínguez - @anacagur)

Un grupo de estorninos pintos, en una zarza (imagen de Ana Mínguez - @anacagur)

 

 

Son días de descanso en las labores agrícolas, una tregua en la que el campo se convierte en uno de los mejores lugares para recuperar la serenidad y descubrir el alto valor de la vida simple. “La simplicidad es la máxima ley de la naturaleza, tanto para los hombres como para los animales y las plantas” escribió Thoreau.  

    

Henry David Thoreau (Massachusetts, 1817-1862) fue naturalista, conferenciante y uno de los ensayistas más célebres de la literatura norteamericana. En el otoño de 1845 decidió abandonar su acomodado pero mundanal existir en una pequeña ciudad del noreste de Estados Unidos (Concord, Massachussets) para instalarse en una sobria cabaña de campo construida por él mismo junto al lago Walden.

 

Liberado de sus compromisos y apartado de todo lo accesorio, Thoreau se dedicó a experimentar la soledad durante más de dos años en los que estuvo meditando sobre las esencias de la vida en un cobertizo de madera sin otro equipamiento más allá de los muebles más elementales (un camastro, una silla y una mesa) rodeado de naturaleza y poniendo en orden sus pensamientos.

 

De aquella experiencia íntima, casi mística, surgiría una de las obras maestras de la literatura universal: “Walden o la vida en los bosques”, un libro convertido en auténtico himno a la vida simple:

 

“Fui a los bosques porque quería vivir deliberadamente, enfrentándome sólo a los hechos esenciales de la vida, y ver si podía aprender lo que la vida tenía que enseñarme, no fuera que, al llegar el momento de morir, descubriera que no había vivido la vida, pues vivir es algo maravilloso”.

 

El Walden de Thoreau está considerado como uno de los cantos más bellos a la placidez de la vida en el campo. Una existencia basada en el respeto a la naturaleza, la contemplación serena del entorno y la interiorización de todo cuanto nos enseña para, en el aprendizaje, recobrar la esperanza y aferrarnos a las esencias para afrontar con optimismo incluso los momentos de mayor incertidumbre.

 

 

Viñedo de época otoñal, propiedad de Familia Torres

Viñedo de época otoñal, propiedad de Familia Torres

 

 

Y es precisamente en este momento del año, antes de adentrarnos en el invierno, a medida que los días se hacen cada vez más cortos y más fríos, cuando la naturaleza nos brinda los mejores momentos de relajación para experimentar esa plenitud en el campo de la que nos habla Thoreau.

 

Hay pocos instantes de quietud como los que nos proponen los atardeceres de diciembre en las cercanías de los pueblos, cuando el aire se perfuma con el delicioso aroma del humo de las chimeneas de leña o el vaho de los establos y se escucha, como un eco del más allá, el trémulo ulular del cárabo entre los árboles. En esos momentos de comunión con lo que nos rodea descubrimos que las cosas más importantes de la vida no son cosas.

 

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