Los colores del otoño

Jose Luis Gallego. Divulgador ambiental (@ecogallego)

El otoño convierte a la viña en una auténtica galería de arte abierta de par en par al aire libre. Cumplido el ciclo anual y rendido el fruto a la bodega, antes de entregar las hojas a la tierra y reemprender el arduo camino hacia la próxima vendimia, los viñedos se dedican durante estas semanas al arte.

 

Así, a medida que las hojas pierden la clorofila y retienen los últimos azúcares en sus venas, como resistiéndose a morir, las líneas de cepas dibujan en el paisaje un colorido mosaico de verdes pálidos, amarillos, dorados y rojos que es en sí mismo una refinada expresión de belleza.

 

 

Paisaje otoñal en la finca Grans Muralles, propiedad de Familia Torres

Paisaje otoñal en la finca Grans Muralles, propiedad de Familia Torres

 

 

Una belleza en todo caso efímera, pasajera, que cesará cuando el frío, el viento y las tormentas desnuden a la planta por completo y conviertan el fragoso viñedo estival en un austero campo de resecos sarmientos. 

 

 

Viñedos, en estado de reposo y actividad latente, de Sant Miquel, en Tremp (Pirineo catalán)

Viñedos, en estado de reposo y actividad latente, de Sant Miquel, en Tremp (Pirineo catalán)

 

 

Pero la viña no es la única que despliega su paleta de colores en mitad de la otoñada. Las fincas que se sitúan en las proximidades de los ríos se rodean de las tonalidades que nos brinda otro de los grandes protagonistas de la estación: el bosque caducifolio.

 

Los bosques de ribera son uno de los ecosistemas más amenazados de nuestra naturaleza. Extendidas sobre anchurosos valles o encajadas en angostos cañones fluviales, a veces rodeando a los viñedos, las arboledas fluviales nos brindan ahora algunas de las estampas más bellas del paisaje ibérico.

 

 

Hojas de la vid en otoño de los viñedos de Familia Torres

Hojas de la vid en otoño de los viñedos de Familia Torres

 

 

Como a la vid, la llegada de las lluvias y el descenso de los termómetros ha ido alterando el aspecto que lucían en verano alisedas, fresnedales, choperas, alamedas y saucedas, bosques que cambian de aspecto siguiendo el pulso de las estaciones y que ahora, apunto de desvestirse, con las hojas colgando siquiera levemente de las ramas, nos ofrecen uno de los espectáculos más bellos y efímeros del bosque cuando son acariciados por el viento: la lluvia amarilla, la suave y delicada caída de sus hojas que pronto forrarán de ocre el suelo de la arboleda o el parque.

 

Algo más alejados de las viñas, aunque éstas suban cada vez más hacia sus latitudes debido a la crisis climática, los bosques caducifolios de montaña, como los hayedos, los castañares y las nogueras, son los que atraen a más visitantes en el otoño ibérico.

 

Caminar por un hayedo de Navarra o La Rioja en noviembre es uno de los actos que genera más comunión con la naturaleza. El silencio, la confortabilidad de los pasos sobre el mullido parquet que forma la hojarasca y la quietud del ambiente serenan el ánimo del paseante invitando a serenar el pensamiento y sentirnos parte del entorno.

 

Pero además del color de las hojas, están estallando los rojos y amarillos de los frutos del madroño, que con esas bolitas colgando de sus ramas, a menudo cargadas a su vez de flores blancas, se convierte en una especie de árbol de Navidad decorado por la naturaleza. Y por último, el acebo, que con sus bayas carmesí destaca como un semáforo encendido en la espesura del bosque llenándolo de color: el color del otoño.

 

 

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