La viña y la naturaleza ante el aumento del calor estival

Por José Luis Gallego. Divulgador ambiental

Según la Organización Meteorológica Mundial (OMM), el cambio climático está provocando que este año las temperaturas medias de la superficie oceánica estén registrando valores récord a pesar de no haberse dado el fenómeno de El Niño: la fase de calentamiento del Pacífico ecuatorial que acaba alterando el clima del planeta.

 

En consecuencia, las previsiones apuntan hacia un verano más cálido de lo normal. De hecho, los pasados meses de abril y mayo han sido los más cálidos de los que se tiene constancia (sin la consecución de dicho fenómeno).

 

El pronóstico de la Agencia Estatal de Meteorología (AEMET) para nuestro país coincide con el de la OMM, y tras superar el invierno más cálido del siglo y anotar temperaturas primaverales hasta 15oC por encima de la media, el campo y la naturaleza se preparan para afrontar de nuevo un verano que puede resultar muy caluroso.

 

En el caso de la viña, pese a tratarse de un cultivo milenario perfectamente adaptado al clima mediterráneo y las altas temperaturas estivales, el aumento tanto de la recurrencia como del rigor de las denominadas “olas de calor” está poniendo a prueba su capacidad de resistencia.

 

Finca de Grans Muralles (DO Conca de Barberà) durante el atardecer veraniego

Finca de Grans Muralles (DO Conca de Barberà) durante el atardecer veraniego.

 

Los registros de los termómetros demuestran que, en España, desde 1970, cada década está siendo más calurosa que la anterior y que las temperaturas están aumentando muy por encima de la media mundial (1,1oC), situándose en torno a los 1,7oC desde la época preindustrial.

 

Pero las previsiones indican que el incremento térmico podría rondar los +3oC en 2050, un aumento que no se produciría de manera lineal sino escalonada: con olas de calor cada vez más severas.

 

Si este pronóstico se cumple, tanto la naturaleza como los cultivos van a tener que hacer un sobresfuerzo para adaptarse.

 

Cuando las temperaturas llegan a ser muy altas acaban por desecar el suelo del viñedo, deteniendo el ritmo vegetativo de la planta. En casos extremos, cuando se suceden los valores superiores a los 40oC, incluso puede llegar a cesar la fotosíntesis, la maduración de los frutos se dispara y tanto las hojas de la cepa como los racimos pueden llegar a quemarse.

 

En el caso de los bosques, si las temperaturas aumentan de manera acentuada, la pérdida de hidratación por los poros de las hojas de los árboles (a los que los botánicos denominan estomas) no logra compensar la absorción de agua a través de las raíces, y en consecuencia, el estrés hídrico obliga al árbol a soltar las hojas para entrar en fase de estiaje y evitar desecarse. Esto debilita el ecosistema forestal frente a las plagas y posibilita los grandes incendios.

 

El lirón, un habitual alrededor de los viñedos.

El lirón, un habitual alrededor de los viñedos.

 

Algunos animales, como los lirones, optan por recluirse en el fondo de su madriguera cuando el calor se hace insoportable, dejándose caer en un profundo sopor semejante a la hibernación, pero en pleno verano. En ese estado los riñones dejan de trabajar para retener la mayor parte de líquidos, el ritmo cardíaco desciende hasta convertirse en un lento palpitar apenas apreciable, la respiración se ralentiza y el cerebro entra en fase de desconexión pasando a controlar tan solo las funciones vitales más básicas.   

 

Adaptarse a las situaciones excepcionales es una de las grandes lecciones que nos ofrece la naturaleza. Una enseñanza ante catástrofes tan graves como la crisis sanitaria provocada por el Covid-19 y frente a la mayor amenaza para la humanidad: la crisis climática.   

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