La migración otoñal de las aves desde la viña

Por Jose Luis Gallego. Divulgador ambiental (@ecogallego)

Cuando llega septiembre, cumplidas las labores del campo y celebrada la vendimia, la viña se convierte en uno de los mejores lugares para contemplar el tránsito otoñal de la naturaleza.   

 

Cuando era niño mis padres me llevaban a vendimiar una pequeña finca familiar en la Valencia castellana, entre Utiel y Requena. Recuerdo a mis tías cantando coplas bellísimas, el trajín de los capazos al tractor y el placer de comer uvas con queso para merendar.

 

Al atardecer, mientras mis tíos recogían los aperos para regresar al pueblo y conducir el remolque cargado de uva hasta la cooperativa, yo me quedaba allí para regresar más tarde y me escondía entre los almendros a fin de observar a los pájaros que acudían a la viña para recorrer los surcos en busca de los granos caídos, o subirse a las vides para arrancárselos a los pequeños racimos que se habían distraído durante la vendimia.

 

 

El mirlo capiblanco, un habitual en los viñedos (imagen de Ana Mínguez - @anacagur)

El mirlo capiblanco, un habitual en los viñedos (imagen de Ana Mínguez - @anacagur)

 

 

Recuerdo nítidamente como me pasaban las horas observando a grajillas y mirlos, estorninos, zorzales, arrendajos y el resto de las aves y animales (de vez en cuando un zorro o un erizo) que acudían a la viña. Y lo que me maravillaba era el color azul del cielo en contraste con el verde de los mares de cepas. Un verde que empezaba a palidecer para ir tornándose amarillo y que iría cediendo después al rojo a medida que avanzase el otoño.

 

 

El zorzal (imagen de Ana Mínguez - @anacagur)

El zorzal (imagen de Ana Mínguez - @anacagur)

 

Algunas mañanas, cumplida ya la vendimia, me levantaba temprano y cogía la bicicleta para subir a las viñas y observar desde allí los bandos de aves migratorias que por esas fechas empezaban a cruzar el cielo. Nunca he conocido luces más bellas, cantos de pájaro más melodiosos ni fragancias naturales más agradables que las que me regalaban aquellas mañanas de otoño entre cepas.

 

 

Estirado sobre un mullido cojín de hojas en mitad de un surco, la viña se convertía en un inmenso anfiteatro desde el que veía cruzar el azul del cielo a las grandes bandadas rumbo al Estrecho de Gibraltar. Sabía, porque lo había leído, que una vez allí aquellas aves viajeras se amontonaban por millones de ejemplares para superar juntas los apenas quince kilómetros de mar que separan los dos continentes y dispersarse por el continente africano.

 

La observación de aquellos esforzados trotamundos cruzando ante mis ojos los cielos de las viñas con rumbo sur despertaba en mi joven espíritu aventurero las ansias de explorar el planeta. Deseaba unirme a ellas, echar a volar y unirme a su séquito para acompañarlas hacia sus cuarteles de invierno en el corazón de África.

 

¿Qué verán desde allí arriba? Me preguntaba ¿Tendrán tiempo de disfrutar de los paisajes que cruzan durante su desplazamiento? ¿Les servirán de guía? ¿Les gustará contemplar los bellos mosaicos que deben formar los viñedos a esa altura?

 

Todas esas cuestiones me venían a la mente mientras, siguiendo el impulso atávico de la migración que llevó al hombre del paleolítico a recorrer el planeta, soñaba con ser una más de aquellas cigüeñas, buitres, águilas, aguiluchos, halcones o milanos que volaban hacia la estepa masai, las inmensas llanuras de Tsavo o la región de los grandes lagos.

 

Algunas veces uno de aquellos peregrinos aéreos notaba como se le agotaban las fuerzas y, descolgándose del cielo como un solitario paracaidista, decidía tomar tierra para descansar y recuperar energía antes de unirse al siguiente bando.

 

Era entonces cuando, a través de los viejos y pesados prismáticos de campaña que me había regalado mi padre y que siempre llevaba conmigo, podía observar con todo detalle a uno de aquellos viajeros, una cigüeña o un milano, picando granos de uva en los surcos del viñedo o buscando lombrices en la tierra húmeda.

 

 

 

Un grupo de estorninos pintos, en una zarza (imagen de Ana Mínguez - @anacagur)

Un grupo de estorninos pintos, en una zarza (imagen de Ana Mínguez - @anacagur)

 

 

En aquel momento sentía que mi corazón latía con fuerza por la emoción, como si fuera a estallarme el pecho y allí sólo, en mitad de la viña, rodeado de una naturaleza acogedora y protectora, me sentía un ser afortunado e inmensamente feliz.

Ver comentarios

Para dejar comentarios debes estar registrado e iniciar sesión

Inicia sesión o registrate