La floración de los cerezos: el arte que enamoró a Neruda

Por José Luis Gallego. Divulgador ambiental @ecogallego

El género Prunus es uno de los más extensos entre nuestros árboles frutales. Melocotoneros, albaricoqueros y almendros son algunos de sus principales representantes. Todos ellos conviven en perfecta armonía en el entorno de las viñas, escalonando su floración desde mediados de invierno hasta bien entrada de primavera.

 

 

Pero, aunque todos ellos despliegan sus flores con gran belleza, ninguno es capaz de hacerlo como los cerezos.  

 

“Quiero hacer contigo lo que la primavera hace con los cerezos”. El famoso verso de Pablo Neruda da cuenta de la emoción que contagia la floración de estos árboles. Una auténtica exhibición de plenitud vegetal que cautivó la mirada y el corazón del gran poeta chileno.

 

Porque hay pocos espectáculos que se puedan comparar al de la floración de los cerezos. Sus varas cobrizas, rectas y tersas, completamente desnudas de hojas, empiezan a pintarse de blanco cuando las mañanas templadas de abril se convierten en un bálsamo relajante. 

 

 

Arboles de cerezo

 

 

A los pocos días, son ya tantas las flores que se dan por centímetro de rama que apenas parecen de verdad. Culminada la floración, los cerezales parecen campos nevados: lienzos vivos que hacen de la naturaleza una auténtica galería de arte al aire libre.

 

En Japón sienten auténtica pasión por la floración de los cerezos. Es tanta la afición por ella que hasta tienen un nombre para designar a este espectáculo de la naturaleza: hanami, una bellísima palabra que algún intérprete con alma de poeta vino a traducir al castellano como “el arte de contemplar las flores”. Y para los japoneses la más bella de todas las flores que se abren en las ramas de los arboles es la sakura: la flor del cerezo. 

 

Cada primavera, los numerosos y primorosamente bien atendidos parques y jardines de las ciudades y pueblos del país del sol naciente, ofrecen uno de los mayores espectáculos de la naturaleza: la explosión de las sakuras. 

 

 

Ramas de cerezo

 

 

Pasear bajo las ramas de los cerezos en flor, que con la más leve caricia del viento provoca una lluvia de pétalos de algodón, es una de las mayores ceremonias de comunión con la naturaleza. Un espectáculo que convoca a millones de personas de todas las edades que, por un día, apagan sus móviles y abandonan cualquier otra actitud que no sea la de disfrutar de la belleza natural y sucumbir al encantamiento que provoca el hanami.

 

En España también tenemos muchos lugares en los que disfrutar de la floración de los cerezos, pero sin lugar a duda uno de los más célebres es el Valle del Jerte. 

 

Situado al norte de la provincia de Cáceres, este enclave natural se convierte en un inmenso jardín japonés en plena vega extremeña. La visión de los millones de cerezos en flor que se extienden por toda la comarca, de sus campos forrados de miles de millones de delicadas sakuras, da lugar a una de las estampas más extraordinarias de la primavera ibérica, un espectáculo que no hay que perderse al menos una vez en la vida.

 

Para celebrarlo, los pueblos y aldeas llevan a cabo diferentes actos de hermanamiento con la cultura japonesa: talleres de ikebana, que es el arte floral japonés; exhibiciones de taiko, nombre con el que se conoce al tambor japonés; representaciones de kabuki, que es uno de los teatros más antiguos de Japón; exposiciones de jardines zen; conciertos de música tradicional japonesa; mercadillos de productos artesanos. 

 

Y por supuesto también se organizan rutas de senderismo, a pie o a caballo, para recorrer los mejores rincones de la comarca y contemplar de cerca los cerezales en flor que arrebataron la mirada de Neruda y que son uno de los mejores exponentes de lo que la primavera es capaz de hacer con la naturaleza. 

 

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