BLANCOS CON CRIANZA

Aliados del roble y del tiempo

Existen una clase de vinos excepcionales que trascienden a cualquier tipo de estacionalidad. Que derriban mitos y hábitos adquiridos popularmente.



 

Y es que algunas elaboraciones con variedades blancas tornan en seda líquida; renacen bajo una complejidad rica en matices y desarrollan nuevas notas al abrazo y tacto del roble, que acaricia su esencia varietal durante la fermentación y posterior envejecimiento.



 

Pero no todas las variedades blancas se benefician de la crianza en madera, ya que exhiben su potencial organoléptico en el auge de su juventud. Además, para sobrevivir al “confinamiento” (nos permitirán la ácida expresión)- parcial o total, los vinos necesitan un nivel suficiente de taninos, alcohol o acidez. Ésta última es esencial si se quiere prolongar la guarda en botella, de manera anaeróbica, privada de oxígeno. 

 

Uva chardonnay en la finca de Milmanda (DO Conca de Barberà)



 

El amarillo torna ámbar y miel; la inmediatez de la fruta fresca en delicada madurez, pan tostado y mantequilla, avellana y vainilla. Los matices cobran vida. 



 

La chardonnay es, quizás, la epítome y paradigma de las variedades blancas que más y mejor se alían con el roble y se adueña del tiempo, poseyendo particularidades muy diferentes según la región vinícola. En nuestro caso, en nuestro hogar, Milmanda, la chardonnay deja aflorar sus aromas primarios de recuerdo cítrico y subyugado a deliciosas notas de fruta de hueso. 


 

En boca añade esa ligera sensación glicérica que baña al paladar en seda líquida, manteniendo una acidez firme que alarga la carrera contra el tiempo en ese universo de cristal que es la botella. 

 

 

Del mismo modo Sons de Prades, también oriundo de las nobles vides de la finca de Milmanda, se beneficia de los placeres de la crianza en madera. 



 

En este caso, tras la fermentación parcial en acero y barrica de roble nuevo francés, donde dormirá el sueño de los justos durante seis meses, obtendrá matices sabrosos en fondo y forma de frescos aromas florales (retama) y frutales (piña madura), que evocan memoria y personalidad a un recorrido en boca, con un final seco y elegante. 



 

La nobleza y excepcionalidad de estas obras enológicas trasciende a la estacionalidad. Versos sueltos que anidan en el olimpo del vino para alegrar paladares y saciar almas curiosas. 

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