Veranito, los tintos y la noche

Por Meritxell Falgueras

En la basílica palladina de Vicenza se ha inaugurado una exposición sobre la Noche, bajo la firma de Marco Goldin. El recorrido abarca desde los egipcios (con el rey “bambino” Tutankhamon) hasta pintores contemporáneos como López García.

 

Pero si hablamos de vinos, ¿los hay de día y de noche? Pues va a ser que sí.

 

Durante la comida priman los vinos ligeros, blancos, rosados, aromáticos, ácidos, gráciles, expresivos, miméticos, extrovertidos y versátiles. Porque nos dan energía gracias a su aporte calórico y su simpatía. Nos quitan la sed y nos ayudan a digerir; y, siendo bebidos siempre con moderación, pueden darnos claridad y facilitar la palabra, como ya se utilizaba en los simposios griegos.

 

El color del cielo en la puesta de sol viene maridado con los rosados de color cereza: atractivos, sensuales, llenos de frutos del bosque y desenfadados.

 

Por la noche, todo se oscurece y nos apetecen vinos tintos, más voluminosos, misteriosos, profundos, con cuerpo y alma… Vinos cerrados que invitan a la reflexión y que se abren cuando está a punto de nacer la madrugada, ayudando a cerrar los ojos. Es cuando nuestro estado de ánimo más necesita la calma, el reposo, la tranquilidad, la meditación, el calor, la introversión, la asertividad y el diálogo, como adelantaba el “in vino veritas” de Kierkegaard.

 

Artistas como Van Gogh o Monet han cantado en sus cuadros más famosos a este célebre maridaje, con un cielo donde el sol ya se había marchado y donde las uvas tintas forman parte del cromatismo pictórico. La metáfora de la noche como viaje que nos lleva al más allá se enlaza con el vino para descubrirnos lo que, algunas veces, resta más oculto y cuesta más de encontrar: nuestro interior. El vino nos ayuda a profundizar en nuestras luces y tinieblas. El período donde la noche ha presumido de ser más tupida ha sido el romanticismo con Turner y Friedrich, donde los personajes enfrentados a una naturaleza salvaje e indomable, marcan su estilo.

 

Hoy en día la luna, aún marca las añadas y muchas de las curas de la vid. “Ho sempre pensato che l’arte sia il racconto della vita” dice Marco Goldin, y es verdad que el vino, como forma de arte, también cambia con la época del año y sabe diferente según la hora del día.

 

Con el verano, el sol resplandeciente y las altas temperaturas, las del vino tienden a bajar y las muchas horas de sol nos ayudan a marginar los tintos más robustos para cuando la manta fría del anochecer se torna necesaria.

 

“Lo que es importante, no se puede ver…” dice “El pequeño Príncipe”. Celeste, el vino de Torres de la Ribera del Duero es un firmamento con la vía láctea que nos ilumina un paso por el paladar que cubre, calienta, recompone y adula los sentidos.

 

“Es como con la flor. Si amas a una flor que está en una estrella, es placentero mirar al cielo por la noche. Todas las estrellas están floridas” compone  Antoine de Saint-Exupéry. Y es verdad que los vinos tintos también tienen su gama floral con notas de violeta, rosa y plantas aromáticas.

 

Disfruten del fresco de la noche y de sus vinos para poder afrontar un nuevo día más claro.  Y acabamos como empezamos, con una muestra véneta de “Arte e Vino”, en Verona, en la Gran Guardia hasta el 16 de agosto, con 184 obras que van desde el  “Cinquecento” hasta el siglo XIX; lleno de racimos, copas, brindis, comuniones, ciclos de las estaciones, vendimias, imágenes de lo sacro y lo profano, alegorías y metáforas del estado de ánimo… Todo ello dentro del claroscuro del vino.

 

 

 

Meritxell Falgueras

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