CUANDO LA VIÑA LLORA

Por Jose Luis Gallego - Divulgador ambiental

La fenología es la ciencia que estudia la relación de los seres vivos con el calendario meteorológico: la larga y variada serie de acontecimientos biológicos que se suceden con el paso de las estaciones. Una actividad que, en la mayoría de los casos, cesa casi por completo cuando se aproxima el invierno. 

 

En invierno la tierra duerme, dicen en el campo. Y dicen bien. La hibernación es un recurso de supervivencia para muchos seres vivos que, incapaces de hacer frente al bajón de las temperaturas, deciden suspender su vivacidad para ahorrar energía. Por eso los paseos de invierno por el campo son tan silenciosos. Y todo parece dormir. Y así es, en buena medida.

 

Entre los animales, muchos prefieren aletargarse bajo tierra, descender al lecho del lago o dormitar al fondo de una cueva para superar los rigores invernales y renacer al sol de primavera. Por otra parte, son muchas las plantas que, desnudas las hojas y resecos los tallos, reducen el flujo de savia para permanecer al ralentí, marchitas y recogidas en sí mismas, esperando a que pase el frío.

 

Sarmiento en fase de lloro (Fuente: DO Penedès).

 

Sin embargo, no todo es sueño en los aletargados campos de invierno. Así, a mediados de febrero y dependiendo de la meteorología, el campo mediterráneo acoge uno de los renacer más bellos y poéticos de la naturaleza cultivada: el lloro de la viña. Se trata de una de las fases más celebradas del ciclo biológico de la cepa y la que inaugura, de hecho, la temporada vitícola con el despertar de la viña. El resorte fenológico que activa esta ansiada etapa es el aumento de las temperaturas. Por eso no hay una fecha fija en el calendario, sino que el inicio de ese llanto vegetal viene determinado por las condiciones climáticas; cada temporada más inciertas y menos predictibles por culpa del calentamiento global. 

 

En cualquier caso, cuando los termómetros empiezan de nuevo a remontar y la temperatura media se estabiliza en torno a los diez grados, las raíces de la vid vuelven a respirar y a absorber agua, su corazón leñoso empieza de nuevo a palpitar y a bombear savia hacia todas partes, hasta expulsarla al exterior por las puntas amputadas de los sarmientos en forma de goteo.

 

Unas gotas de savia que quedan por un instante prendidas de la varilla reseca, como lágrimas transparentes, y que al resecarse actúan como una especie de mercromina natural, una fina película protectora que cierra la herida y permite que la savia empiece a recorrer el organismo de la planta en circuito cerrado para iniciar la brotadura. 

 

Por todo ello, si al pasear estos días entre las viñas ven a las cepas llorar, no crean que es de melancolía, sino de emoción. La emoción de renacer un año más al tibio sol de primavera, que ya se presagia a la vuelta de la esquina, y que convertirá a la reseca vid en una de las plantas más jugosas, vivaces y productivas del campo mediterráneo. 

 

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