El recuerdo enológico.

Por José María Toro

Nos acordamos siempre de nuestra primera vez en todo. Sea lo que sea. Recuerdo perfectamente mi iniciación en el mundo del vino. Fue a partir de comidas con clientes, veteranos expertos de la vida, que se convirtieron en mis mentores en este mundo tan aparentemente hedonista. Yo era (más) joven y tenía que aprender rápido para acertar en mi elección y no defraudar a mis compañeros de mesa.


 

Para aquél entonces no había internet. Apenas existían revistas especializadas del sector y había que leer las noticias en las ediciones del domingo de los periódicos de tirada nacional para encontrar referencias y críticas comentadas sobre los diferentes vinos que salían al mercado. Pero mi propia curiosidad me llevó a mejorar mi cultura enológica.


 

En ese punto fue cuando me encontré en mi primera clase de las actividades trimestrales que se realizaban el Club Torres Oro, en el local de la barcelonesa Calle Aribau.

 

Recuerdo perfectamente las notas de cata de Vinyet Almirall. Grabé, con tinta indeleble en mi materia gris, el brillo de sus ojos, la pasión en cada comentario, como aquél que se lleva el espíritu del vino consigo, y su sonrisa alegre, de encontrar de nuevo esos aromas que ya reconocía.


 

Atónito, y con exceso de información, me llevé un recuerdo fascinante. Durante las siguientes sesiones empecé a identificar esos aromas que habitaban en la copa y, desde entonces, trato de buscar en mi memoria olfativa, con ejemplos prácticos, cada aroma con la imagen visual que representa.


 

Seguían en el curso, en paralelo, interesantísimas charlas para identificar las diferencias de calidades entre diferentes productos gastronómicos, como la sobrasada de Mallorca, el salmón salvaje, AOVE (Aceite de Oliva Virgen Extra)… Aun así, lo que más me impactó fue un taller de copas Riedel, donde aprendí que cada tipo de vino tiene la copa apropiada para expresar toda la magia que se esconde en una botella de vino. Consistía en catar, en cuatro copas de distintos formatos, así como en un vaso genérico, cuatro vinos diferentes. El mismo vino mostraba expresiones distintas en cada copa, creándose en uno de ellos un matrimonio, de esos indisolubles que duran toda la vida, en el cual el continente perfecciona a su compañero de viaje, el contenido, hasta realzar todos los atributos que realmente se pretenden transmitir en cada botella de vino. 


 

El curso se completaba con algunas salidas para descubrir los diferentes momentos del ciclo de la viña: como la poda, la recolección y otras fases de la elaboración, para ver la aplicación de los diferentes tostados de las barricas. Finalizaba con un almuerzo entre las viñas de Mas Rabell, la Masía que la Familia Torres convirtió en restaurante.


 

Así, de una manera más o menos lúdica, aprendí a identificar los aromas primarios, secundarios y terciarios, a distinguir los colores de los tintos, desde el violeta cardenalicio hasta el teja, así como los de los blancos. A distinguir también los sabores, y en cada clase que sigo asistiendo, sigo aprendiendo y no dejo de sorprenderme.


 

Y es que, “si bien la penicilina cura a los hombres, el vino les hace felices" (Alexander Fleming).



 

José María Toro

Fundador de Blog Hedonista

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