EL REPOSO INVERNAL DE LA VID

La pausa necesaria

La caída de la hoja anuncia la inminente llegada del frío y, con él, toca a su fin la temporada de crecimiento. Los pámpanos se tornan leñosos sarmientos y progresivamente las hileras de viñas pierden el verde a vista de pájaro, restando un paraje otoñal de ocres y tierra que generan una falsa apariencia de quietud mortuoria.

 

En invierno la vid almacena, latentes, reservas de hidratos de carbono en el tronco, brazos y raíces. Estas reservas energéticas serán de gran importancia para alimentar el crecimiento de los nuevos pámpanos hasta que las hojas pueden suministrar los hidratos necesarios para la planta.

 

Viñedos de la Familia Torres en Sant Miquel, Tremp. Al pie del Pirineo catalán.

 

 

La vid se adapta mejor a regiones donde las estaciones vienen marcadas por los cambios de temperatura. En áreas tropicales, cercanas al ecuador, las estaciones las definen las temporadas de lluvias.



 

Esta falta de invierno imposibilita el reposo vegetativo de la planta, por lo que ésta resta activa todo el año; luchando para mantenerse con vida.


 

Del mismo modo, en los climas continentales, un invierno de frío extremo puede matar a las yemas, incluso a la propia cepa en los casos más excepcionales.

 

Cepas en época de poda, en los viñedos de Sant Miquel, Tremp.

 

 

 

El laboreo en la viña en invierno

El reposo vegetativo de la vid genera una falsa sensación de inactividad. Como hemos visto, las reservas energéticas de la cepa restan latentes y con una función asignada, mientras las sabias manos de nuestros colaboradores deben ocuparse de una cantidad considerable de labores necesarias para adecuar a la vid antes del periodo de crecimiento.

 

Tras la caída de la hoja es tiempo de poda para dotar a la planta de un equilibrio entre carga y vigor. Dependiendo del clima y del número de hectáreas a vendimiar se empezará antes o después, pero siempre en el periodo comprendido entre noviembre y marzo.


 

Poda manual en los viñedos de Sant Miquel, Tremp.

 

La poda en seco o poda de invierno tiene como objetivo determinar el número y la ubicación de las yemas que darán lugar a los brotes que albergarán el fruto a vendimiar en la siguiente cosecha. Existen dos tipos de poda de invierno:

 

  • Poda en vara (poda Guyot): Las varas conservadas (una o dos) se conducen de manera horizontal mediante empalizamiento. Este método requiere de mano de obra ya que no puede mecanizarse.

 

  • Poda en pulgar: Se respetan un mayor número de sarmientos con dos o tres yemas (pulgares), que se distribuyen a lo largo de un cordón de madera vieja (de más de un año), conducido horizontalmente en el empalizamiento, o bien, alrededor de la cabeza de una cepa.

 

 

 

Las pequeñas labores son esenciales:

Tras la caída de la hoja, el viticultor aprovecha unos días sin lluvia para realizar labores de mantenimiento del suelo.


 

Es momento también de descabezar las vides, bajando los alambres y sacando viejos postes. Se retiran las ataduras del emparrado. Será momento también de hacer pequeños pero importantes arreglos en postes y alambres dañados.


 

Posteriormente se atan las cepas y varas a los llamados tutores y alambres, respectivamente.


Poda y comprobación de alambrado en los viñedos de Sant Miquel, Tremp.

 

Al terminar los trabajos de poda, los restos de madera volverán a la vida en forma de energía limpia, pasando a ser parte del combustible de la caldera de biomasa de la bodega.


 

Entre ocres y tierras, al abrigo del frío y con una falsa apariencia hierática, el reposo vegetativo de la vid esconde, tras su aparente quietud, una actividad latente que aguarda en su madera y en sus raíces. Una espera activa que descansa a su vez en nuestras manos para dotar de condiciones vitales adecuadas al pleno desarrollo y devenir de la vid.

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