LA POÉTICA DE LA VENDIMIA

Geografía sensorial del esfuerzo

Tiempo de cosecha. Un ritual atávico que se repite año tras año desde que el ser humano abandonó el nomadismo para abrazar, a través de la agricultura, un sedentarismo que le abrió las puertas del conocimiento de la naturaleza; de sus ciclos, enfermedades, esfuerzo y técnica requeridos para cuidar la vid.

 

Es la vendimia en nuestros viñedos y fincas. Posiblemente, la máxima expresión de la relación que une a ser humano y naturaleza. Una suerte de comprensión mutua que exige lo mejor de las dos partes.

 

Miguel Torres Maczassek, revisando el estado de los viñedos de L’Aranyó (DO Costers del Segre), poco antes de la vendimia.

 

La vid nos regala su propia interpretación de la tierra para, desde la experiencia, extraer su esencia, embotellarla y dotarla de una nueva vida que por siempre nos recordará al hogar. A cambio, se nos exige dedicación y humanidad, conocimiento y pasión. Una entrega con los cinco sentidos que configura un mapa emotivo; una geografía sensorial del esfuerzo que hace del momento de la vendimia algo especial.

 

Finca Mas La Plana (DO Penedès) en periodo de vendimia.

 

A penas ha amanecido cuando, ante nuestros ojos, se erigen las hileras, perfectamente ordenadas, de vides lozanas y mayúsculas. Entre el azul del cielo y ocre de la tierra, a la vista, las bayas se nos muestran maduras y dispuestas, perfectas, redondas y con el brillo propio de las gotas del rocío del alba. Lucen de oro las blancas y de púrpura las tintas, creando un mosaico salpicado del verde de los pámpanos restantes de la poda en verde.


 

Pronto nos sacude el olfato un dulzor cargado de vida. El mosto contenido en los orbes, que son las uvas, latente e impaciente, parece querer implosionar en nuestras fosas nasales. Un aroma penetrante que delata la madurez óptima del fruto. Avanzada la mañana, el acre del sudor y el peso del esfuerzo llaman a un merecido descanso.

 

Vendimia de la variedad chardonnay en la finca Grans Muralles (DO Conca de Barberà)

 

 

Es entonces cuando la viña queda en aparente silencio. Un silencio que nos devuelve ahora alguna tonada ligera, chascarrillos y risas que provienen de la alargada sombra de un roble centenario, que cobija durante el almuerzo las manos que vendimian. Manos perfiladas por el duro trabajo. Manos que gesticulan, que van y vienen, dotando de mayor peso a un argumento cualquiera.

En el regazo, un pequeño racimo perdido que hará las veces de postre y, de paso, un experto control de calidad. El dulzor invade el paladar y nos regala amplitud y complejidad:



 

“Será un buen año”.



 

De vuelta al trabajo pisamos y sentimos la tierra bajo nuestros pies, y es inevitable pensar en los pasos anónimos que anduvieron aquí antes que nosotros. Una abstracción que desaparece ante la realidad del peso de los racimos, cargados de uvas. Sopesarlos resulta extrañamente placentero. Deslizar la yema de los dedos por la piel de las bayas y depositarlos con mimo en el capazo deviene el inicio de un viaje hacia la catedral, que es la bodega.

 

Vendimia de uva sauvignon blanc en la finca Fransola (DO Penedès)

 

Es la suma de nuestros cinco sentidos y de la experiencia la que perfila un mapa sensorial del esfuerzo. Geografía humana adscrita al conocimiento y entregada a la naturaleza. Una relación siempre en frágil equilibrio; un acuerdo de tácito que no necesita de firma y lacre para comprender nuestro lugar en la tierra y nuestra relación con el entorno. Generación tras generación.

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