La espectacular recuperación del buitre leonado.

02 Enero 2024
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Por: Jose Luis Gallego. Divulgador ambiental (@ecogallego) 

Colgada del cielo como una cometa al viento, la silueta del buitre sobrevolando los campos, especialmente los viñedos que se abren en las grandes planicies de ambas mesetas, es la mejor seña del equilibrio ecológico que conserva nuestra naturaleza.  

Las especies necrófagas, aquellas que se alimentan de la materia orgánica de los animales muertos en el campo, juegan un papel fundamental en el correcto funcionamiento de la cadena trófica. Por eso es tan importante su presencia en nuestros campos y serranías: sin ellos ese equilibrio estaría roto.  

Por suerte, la península ibérica es el único lugar de nuestro continente donde es posible observar con relativa facilidad las cuatro especies de buitres europeos, pero el buitre leonado (Gyps fulvus) es el más común y abundante de todas ellas, superando con mucho la suma de ejemplares de las otras tres especies juntas: el quebrantahuesos, el alimoche y el buitre negro, que se reparten de forma mucho más escasa y aislada por nuestros paisajes.  

Con más de dos metros y medio de envergadura, que es la distancia entre punta y punta de las alas, y hasta diez kilos, el buitre leonado es una de las aves de mayor tamaño de la fauna ibérica. Debe su nombre al característico color pardo arenoso de su plumaje. Las plumas de la cola y las rémiges (las de la punta de las alas) son negras. El cuello y la cabeza son de color grisáceo, casi desnudos, y acaban en un bello collar de plumón marrón claro y blanco que le da un aspecto distinguido.  

Básicamente rupícola, el buitre leonado habita las repisas y los recovecos de las peñas y las cárcavas  de los cañones fluviales, los cerros de las montañas y los acantilados marinos. Allí se establece en agrupadas colonias de cría que pueden llegar a ser muy numerosas ya que se trata de una especie muy gregaria. También puede criar en árbol, aunque este tipo de ubicación no resulta tan común, siendo en cambio la elegida por el buitre negro.    

Aunque está considerado como especie residente, el buitre leonado puede llegar a realizar grandes desplazamientos hacia otros territorios en busca de alimento o, en el caso de los jóvenes, para establecer nuevas colonias de cría o sumarse a otras. Algunos ejemplares llegan incluso a migrar hasta África a través del Estrecho de Gibraltar, donde cada vez resulta más común el paso de grandes grupos en primavera y otoño. 

La época de cría coincide con la época más fría del año, dándose los primeros vuelos de cortejo en diciembre. Entre enero y febrero pone su único huevo en el nido, situado en un cantil del cortado y formado por pequeñas aportaciones de materia vegetal, aunque no es raro que ‘okupe’ un viejo nido de alimoche, quebrantahuesos o águila real. Es muy fácil de localizar por las grandes manchas blancas de sus deyecciones, visibles desde larga distancia.  

Respecto a su alimentación aprovecha básicamente el ganado doméstico que muere en el campo: ovejas, cabras, caballos, cerdos y otros de los que viven al aire libre o se desplazan por las cañadas. Debido a ello la relación de equilibrio entre la ganadería extensiva y la presencia de buitres es muy estrecha. Pero estos necrófagos también dan buena cuenta de los cadáveres de animales salvajes que mueren por enfermedad, actuando como verdaderos agentes sanitarios de la naturaleza.   

De vuelo pausado y lento, con poco batir de alas, a menudo se les ve volando en grandes columnas para aprovechar las corrientes térmicas ascendentes y divisar el horizonte. Y es que, al contrario de lo que mucha gente cree, los buitres ven los cadáveres, no los huelen, siendo la localización de la columna de planeadores sobre la presa la principal seña para acudir al festín.  

A mediados del siglo XX el buitre leonado pasó a formar parte del funesto ‘catálogo de alimañas’ con el resto de las aves rapaces, los córvidos y un largo catálogo de animales carnívoros que, a juicio de las autoridades de entonces, representaban una amenaza directa para la caza y debían ser eliminadas de nuestros campos.

 

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 Buitre leonado. 

 

Como consecuencia, la población de buitres, como las del resto de especies señaladas, cayó en picado en toda España. A mediados de los años sesenta ya había desaparecido de la mayor parte de sus antiguos territorios y apenas quedaban algunos núcleos reproductores a salvo. Pero en 1979, tras pasar de ser considerada como alimaña a especie protegida, el primer censo nacional de buitreras cifró en 3.240 parejas la población española de esta beneficiosa rapaz necrófaga. Durante los años siguientes los grupos ecologistas y las instituciones para la defensa de la naturaleza realizaron grandes esfuerzos para favorecer su recuperación. Y lo lograron.   

Uno de los métodos más efectivos fue la instalación y el mantenimiento de comederos o muladares en las proximidades de las buitreras. El objetivo era garantizar el aporte alimentario a los carroñeros, que con la mecanización del campo y el abandono de la ganadería extensiva habían perdido la posibilidad de abastecerse con las reses muertas.  

Gracias a ello en el censo de 1990 se contabilizaron alrededor de 8.000 parejas, marcando el inicio de una de las recuperaciones poblacionales más significativas de cuantas se han dado en la naturaleza española. En 2000 el buitre leonado superaba ya las 17.000 parejas reproductoras en España. Sin embargo, la aprobación de la directiva europea que prohibió el abandono de ganado muerto y su aporte a este tipo de instalaciones puso en riesgo la recuperación de la especie.  

Por suerte, y tras varios años de exigencias por parte de científicos, naturalistas y grupos conservacionistas de todo el mundo, el Parlamento Europeo volvió a permitir el abandono de cadáveres de ganado en el monte para el alimento de la fauna salvaje, y el buitre volvió a remontar el vuelo. 

En 2010 rondaban ya las 25.000 parejas reproductoras y en 2018 sumaban más de 30.000. Actualmente algunos expertos consideran que la población de buitre leonado en la península ibérica podrá acercarse a las 40.000 parejas. En España se distribuye ya por todo el territorio, a excepción de Canarias y con menor presencia en Galicia, y cuenta con más de 1.800 colonias de cría en todo el país.  

Y aunque el uso del veneno en el campo sigue siendo una gran amenaza para el buitre leonado, junto a las líneas de alta tensión que provocan su electrocución y la mala ubicación de los aerogeneradores de energía eólica, la especie parece definitivamente fuera de peligro.