Beberse el mundo, a sorbos de emociones.

Por Zoltan Nagy

Soy un amante de los mares, de los amaneceres, de emocionarme, de llorar, de reír sin parar, de abrazar, de besar y volver a besar, de amar, de compartir, de viajar, de conocer gente nueva y otras culturas, de disfrutar de cada segundo de la vida y también… de disfrutar del vino y de contar historias. Historias que en algún momento de tu vida te han marcado, de alguna manera, para siempre.

 

Gracias a los vinos, nunca perderemos la sonrisa, sin importar en el país que donde uno se encuentre.

 

Vinos como Perpetual, que nace como un homenaje a los vinos de guarda, aquellos vinos que son capaces de vencer al tiempo. Vinos que, en su fase olfativa, nos erizan la piel. Indiferentemente del sitio del planeta donde nos encontramos, su esencia te llevará siempre hasta el Priorat, un área vinícola singular, con sus terrazas de licorella que visten un paisaje desde hace ocho siglos.


 

¡Solo se vive una vez! Y del mismo modo, a la hora de descubrir vinos que te acercan a la luna, no pierdas el tiempo. ¡Hazlo!


 

El vino consigue interiorizar la idea de que lo importante es sentirte en casa, estés donde estés, e identificado con el origen. Porque detrás de cada botella de vino hay un montón de historias que contar. Mas La Plana, por ejemplo; fruto de su tiempo. Un vino que se ha convertido en la leyenda que viste de negro. Un emblema del Penedès y de su versatilidad.


 

A lo largo de los viajes que realizamos, en los que nos aventuramos cada vez más, pasamos fronteras, aeropuertos, estaciones de trenes… con tiempo para reflexionar y para disfrutar de una copa de vino; un sorbo que sabe a caricia, de las que tocan el alma recordando un territorio. Porque puede hacernos peregrinar a los lugares más recónditos del mundo, rememorar momentos olvidados, o recordar sentimientos vividos.


 

Estar en otra parte del mundo y, echando de menos a tu tierra, tu familia, tu gente cercana… descorchar un vino, cerrar los ojos y sentirte como en casa.


 

El propósito de todo elaborador debe ser el de emocionar con los vinos a través de los sentidos.  Porque la infinita distancia entre lo que somos y lo que nos queda por llegar a ser, es un recorrido en el que necesitamos cargar con grandes dosis de emociones, a veces nuevas, a veces memorias, y el vino trae, consigo, ese trocito de tierra, lleno de historia y de amor a ella. Amor, quizás, aún por descubrir.

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